Crítica: Casino Royale

Casino Royale

Ahora que el estreno de Quantum of Solace es ya inminente, quizá sea buena idea echar la vista atrás y recordar las películas de Bond más paradigmáticas. Para un servidor las ideas aquí están claras, y no hay que irse muy lejos. La refundación del mito de Bond, pura fantasía masculina apta para ser disfrutada por humanos de 0 a 100 años, fue elaborada hace sólo dos años por Martin Campbell, con Daniel Craig como cabeza de mástil. Una de las mejores películas de acción no ya de la saga, sino de los últimos tiempos.

La elección fue polémica. No pocos grupos trataron de hacer presión boicoteando la elección de Craig e inclusive un servidor, que cruzaba los dedos para que Clive Owen fuera el que recogiera el testigo de Pierce Brosnan, mostró cierta incredulidad al respecto: no obstante, Craig se erige como un fenomenal Bond para los nuevos tiempos: bruto, cruel pero asombrosamente humano, su presencia en el film convierte a la saga en un caballo ganador para otros diez años más de agente 007.

Y qué decir de Casino Royale: tomando el testigo de las dos últimas entregas de Bourne, ambas dirigidas por Paul Greengrass, pero conservando intactas las señas de identidad de la saga, el film da marcha atrás en lo más esencial, reduciendo el nivel de fantasía que se había alcanzado con la divertida y delirante Muere otro día, pero conservando la suntuosidad de sus escenarios, el hedonismo y la acción espectacular. Y añade, con contundencia, otras nuevas: una trama muy al modelo de las primeras entregas del agente secreto, en la Bond tenía que enfrentarse a una organización criminal misteriosa y malvada. A este respecto, hay que aplaudir que la amenaza a la que se enfrenta Craig permanece tan encubierta y secreta, y sus objetivos son tan sumamente actuales, que el film refleja sumamente bien el momento presente. Atrás queda el toque retro, aunque no la elegancia y el sabor clásico de la puesta en escena.

Pero aquí llegamos a lo que Casino Royale ofrece, sin más, al espectador: organizada en tres set pieces de acción contundentes, directas, absolutamente espectaculares pero carentes de efectismos, Campbell orquesta todas ellas con una energía indudable, con la inestinable ayuda del mítico montador Stuart Baird (Superman, Arma Letal). Desde la fenomenal -repito: fenomenal- persecución inicial hasta la que ocupa más de un cuarto de hora a mitad del metraje (y que culmina en el Aeropuerto de Miami), todas ellas destacan por su extensión temporal y su tensión emocional (no hablo de la caída en la casa veneciana que ocupa el final de la cinta, y en la que se nos reserva la fundamental sorpresa, que remite directamente a la infravalorada 007 al servicio secreto de su majestad).

Vesper y Bond

Casino Royale tiene además algunos de los mejores diálogos de la saga. Reescribiendo el hábil guión de Neal Purvis y Robert Wade, habituales de la serie, encontramos a Paul Haggis, responsable de En el valle de Elah o Crash. Ágiles, humorísticos y con suficiente magia como para mantener el film al margen de la acción, dibujan perfectamente a sus personajes. A este respecto, el film nos regala la mejor chica Bond de la historia, aquella que se reserva el privilegio de ser la única que ha llegado al corazón del agente. La Vesper Lynd de Eva Green es tan bella y misteriosa como cabe esperar, y la actriz francesa le otorga la vulnerabilidad emocional necesaria al asunto, por no hablar de su magnetismo físico. Casino Royale no puede ser atacada por presentar a la mujer como una mera comparsa, aunque es cierto que el papel de Caterina Murino es una mera necesidad argumental.

Y para terminar, tenemos su música. David Arnold orquesta todo con una partitura trepidante y espectacular, en la que destacan sobre todo ese tema rockero de Chris Cornell que ilustra los excelentes títulos iniciales, y el romántico City of Lovers, que ocupa el cúmulo de escenas de amor cuando la acción se traslada a Venecia (y que narrativamente no cansan, pese a extrañar su ubicación tan al final del film). No obstante, se echan de menos los temas bien definidos de John Barry, aunque creo que la labor del músico inglés es irreprochable. Espero con ansia escuchar su labor para Quantum of Solace.

Poco importa que su trama en ocasiones resulte confusa, puesto que no se acusa la ausencia de elementos habituales de la serie, como las escenas con Q o los decorados de Ken Adam para plasmar las bases secretas de los villanos. Casino Royale presenta a cambio muchas escenas para el recuerdo, y no sólo de acción: desde la tortura a un Bond desnudo con una cuerda (la reacción de Craig, pero también de las plateas en un cine madrileño hace dos años no tuvo precio, para el que esto suscribe), el descubrimiento de la inevitable traición al final de la pelicula, la presentación en tren de Vesper Lynd y sí, las ya mencionadas escenas de acción, ofrecen mucho al espectador.

Casino Royale se ganó los respetos para la saga incluso de todos aquellos que antes la detestaron. Francamente, tampoco les necesitábamos. ¿Verdad, James?.

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