Crítica: Criadas y señoras

Criadas y señoras

Título: Criadas y señoras
Título original: The Help
Director: Tate Taylor
Género: drama
Fecha de estreno: 28 de octubre
Intérpretes: Emma Stone, Viola Davis, Bryce Dallas Howard, Jessica Chastain
Criadas y señoras, trailer español
The Living Proof, videoclip del tema de Criadas y Señoras
¿Debo ir a verla? ★★½☆☆

Criadas y señoras se ha convertido en el indiscutible éxito sorpresa del año en EEUU. Estrenada en medio de la resaca de los blockbuster veraniegos, la película dirigida por Tate Taylor ha acabado recaudando más que la mayoría de grandes películas de acción del estío, y eso que apenas ha costado 25 millones de dólares. El filme es una mezcla de ‘El color púrpura’ pasada por el tamiz del cine protagonizado por féminas como Magnolias de acero, y un tono conciliador que la sitúa como la perfecta (y superior) heredera de ‘The blind side’.

Skeeter (Emma Stone) es una de las pocas jóvenes con inquietudes en su localidad del Misisipi, en el sur de EEUU. Indignada con el maltrato que las mujeres del lugar dispensan todavía a sus criadas de color (porque en Criadas y señoras apenas hay hombres, o si los hay, su estupidez no es ni siquiera relevante), Skeeter decide escribir un libro sobre las experiencias de éstas. Para ello contacta con Aibeleen y Minny (Viola Davis y Octavia Spencer, ambas excelentes), quienes, pese a mostrarse renuentes, finalmente acceden a la petición. Es el comienzo de la tormenta…

Pese a cierta complejidad aparente en la figura del narrador, Criadas y señoras no quiere ser mucho más que un amable melodrama que no enfatiza los aspectos más horrendos o tenebrosos de esa dominación social, sino que los dulcifica e incluso los convierte en gags de inofensiva irreverencia. No me entiendan mal, no hay segundas intenciones en la película de Taylor, un título indiscutiblemente bienintencionado, divertido y emotivo que complacerá a un gran espectro del público. Pero también demasiado amable y, en última instancia, inofensivo. No siento especial recelo ante una película esencialmente conciliadora, y no lo tengo contra Criadas y señoras, pero existe un cierto miedo en ella en ahondar en los episodios más incómodos de la historia y dejar con ello de complacer al público, y aquí no me refiero sólo en los episodios racistas, sino también a otros como el cáncer que afecta a la madre de Skeeter.

Taylor, sin duda, no tiene la enjundia necesaria para abordarlos con valentía y sin caer en el melodrama barato, así que su solución es simplemente no prestarles atención y centrarse en dirigir a su reparto, la totalidad de él en estado de gracia. Poblada por mil personajes, y pese a su extensa duración, en ocasiones el guión también deja que se desdibujen ciertos personajes. Es el caso de la propia Skeeter (algo despistada, quién lo diría, Emma Stone), que empieza asumiendo un rol protagonista y acaba perdida en la historia, sin más finalidad. En Criadas y señoras existe, sin embargo, una curiosa paradoja que no tengo ninguna intención de que el lector comparta. Mientras se trata de reivindicar esforzadamente a los personajes de color, hay una extraña fascinación por los personajes blancos, quizá más ricos, eclécticos y divertidos. No sobreinterpretemos: simplemente es el resultado de la labor de actrices como Jessica Chastain o Bryce Dallas Howard, que están tan rematadamente bien que acaban por convertirse en lo más recordado de la función.

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