Crítica: Kiseki (Milagro)

Milagro, de Hirokazu Kore-eda

Titulo: Kiseki (Milagro)
Título original: Kiseki (I wish)
Director: Hirokazu Kore-eda
Duración: 129 minutos
Fecha de estreno: 20 de abril
Intérpretes: Ohshirô Maeda, Koki Maeda, Hiroshi Abe.
Trailer: Kiseki (Milagro)
¿Debo ir a verla? ★★★½☆ Entrañable cambio de tercio de Kore-eda, cuyo talento sobrevive a los diversos estilos que afronta.

Si hay un director japonés que estrena regularmente en España sus películas en la última década, ese es Hirokazu Kore-eda. Considero que es una suerte que esto suceda y que no se debe a una mera casualidad. El cineasta demuestra con cada película un talento enorme, y lo que es mejor, cierta polivalencia. El drama áspero de los niños abandonados de Nadie sabe, rodado sin buscar complacencias fáciles, puede estar firmado por el mismo que se acuerda de los maestros japoneses para poner en pantalla con sutileza un pequeño conflicto familiar en Still walking (Caminando). Tras la poesía apabullante y tristona de Air Doll, que por cierto partía de un punto de partida cercano al fantástico, ahora le toca el turno al cine familiar.

Kiseki (Milagro) es distinta y a la vez muy parecida a las anteriores obras de Kore-eda. Su premisa es que dos hermanos que viven separados debido al divorcio de sus padres tratan de que su deseo de volver a estar juntos se haga realidad. Pero no se crean que estamos ante un remake no reconocido de ‘Tu a Boston y yo a California’. Si Kore-eda nos hizo creer en ‘Air Doll’ que una muñeca hinchable podía cobrar vida, los dos críos de Kiseki están convencidos de que si piden su deseo en el momento exacto en que se van a cruzar por primera vez dos trenes de alta velocidad, este se hará realidad.

Lo bueno de Kiseki, un film que en principio podría parecer menor dentro de la obra de su autor, es que su emocionalidad es auténtica. A pesar de la presencia de los dos niños protagonistas (interpretados por dos hermanos en la vida real con un desparpajo admirable) y de sus amigos, la película no tira por el camino corto para buscar las risas y las lágrimas del espectador. Más bien al contrario, Kore-eda desvía la atención a tramas secundarias, también rebosantes de humanidad, y en última instancia gira hacia la cordura, logrando un desenlace genuino y brillante.

Al final, los niños de Kiseki entienden que deben ponerse manos a la obra y tratar de conseguir lo que quieren por sus propios medios. Y si sus deseos son imposibles, al menos pueden intentar mejorar lo mejorable. Una moraleja sencilla pero irreprochable viniendo de alguien como Kore-eda, que no ha podido olvidarse de que existen esos otros niños, cuyas terribles andanzas describió con pulcritud en ‘Nadie sabe’.

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