Crítica: La desconocida

la desconocida

Existen películas buenas, malas y mediocres, pero hoy romperé la vara con la que mido las películas para hablar de La desconocida (2006), de Giussepe Tornatore. El que fuera director de la obra maestra Cinema Paradiso firma otra obra propia de un museo. Magnífica y espectacular pero también sencilla, sobria e inteligente. Su principal protagonista, Kseniya Rappoport, borda un papel hasta el punto de pensar que se trata de un documental en lugar de una drama de ficción.

A medida que pasan los segundos (la cinta italiana dura 118 minutos) el corazón se acelera, las injusticias afloran y un deseo de rabia contenida te mantiene pegado a la silla. La fuerza narrativa hace de este relato una historia tan real que te pone los pelos de punta.

En resumidas cuentas, La desconocida cuenta la historia de Irena, una ucraniana que, al igual que otras muchas mujeres, decide marcharse de Europa del este en busca de una oportunidad. La cinta transcurre entre planos de un pasado oscuro dominado por la prostitución y el maltrato, y los actuales en Italia, lo que da lugar a un intrigante y estudiado rompecabezas. En su camino hacia la libertad se topa con hombres horribles y situaciones peligrosas, sin embargo en su mente recuerda al hombre del que se enamoró, su melancólico amor perdido. Con todo eso en la cabeza, Irena tendrá que educar a la niña de una familia rica, situación que nos regala momentos realmente tensos y duros a la par que dulces.

Qué decir de la banda sonora, ¿os suena de algo el nombre de Ennio Morricone? Simplemente fascinante banda sonora, abrumadora y sabiamente repartida por toda la cinta, tanto en los momentos tristes como en los tensos. Morricone aporta emoción, tensión y sosiego por doquier.

En 2007 el film obtuvo cinco premios de cine italiano David di Donatello, incluyendo mejor película, director y actriz; así como el Premio del Público durante la entrega de Premios del Cine Europeo de ese mismo año.

Ahí va mi parte, como diría Joaquín Sabina, cínica y dolorida, y es que me parece maravilloso que obras de este tipo lleguen siempre mal y tarde a nuestras salas de cine y, cuando lo hacen, duren en cartel menos que un bollo en la puerta de un colegio. Eso sí que es educarnos en el buen cine. Ni mucho menos es un caso aislado y es que algo parecido ha ocurrido con la inglesa Somers Town o la argentina Leonera, dos cintas que bien merecen un hueco en nuestras retinas. Pero nada, nosotros sigamos viendo buen cine, al fin y al cabo, es lo que los de arriba importan, ¿no?

Pero no quiero acabar la crítica de esta obra maestra de Tornatore así, prefiero hacerlo dejando buen sabor de boca, el mismo que me dejó a mí cuando tuve la suerte de ir a verla. Si no me crees, ve a verla y cuando lleguen los tres minutos finales de cinta me cuentas cómo es esa sensación a medio camino entre una alegría insostenible y unas constantes y profundas ganas de llorar.


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