Crítica: Léolo

poster de Leolo

Título original: Léolo
Director: Jean-Claude Lauzon
Año: 1992
Duración: 102 minutos
Nacionalidad: Francia, Canadá
Género: comedia, drama
Intérpretes: Maxime Collin, Ginette Reno, Julien Guiomar, Pierre Bourgault, Giuditta del Vecchio
Estreno en España: 10 de febrero de 1993

“Por que sueño, yo no lo estoy”, es lo que se repite el joven Leo una y otra vez para convencerse a sí mismo de que existe un futuro de esperanza, un horizonte de cambio en el que pueda huir de su locura. ‘Léolo’ es la historia de un niño en un barrio obrero de Montreal, atrapado aparentemente en la mediocridad de un ambiente pobre y opresivo, en una familia modesta que le limita y que además porta el gen de la locura, que sueña con una vecina siciliana y que inventa aparentemente una fantasía para evadirse de su realidad.

Todo esto puede hacer pensar que nos encontramos ante un precedente de ‘Amelie’, ya que vemos el mundo como lo ve su protagonista. Pero dejando esto de lado, una década antes de que la Poulain buscase su fabuloso destino, ‘Léolo’ hizo esto pero añadió también una forma mucho más trágica, divertida y escatológica de ver la materia de la que están hechos los sueños, por que son los de alguien que se sabe destinado a perderlos. Una experiencia de la locura. Lo que alberga ‘Léolo’ en su psicótico corazón es un análisis, trasladado a las estructura del propio film, de la demencia de un muchacho que trata de huir de una enfermedad, de luchar contra ella, a la que parece irremisiblemente destinado, como el resto de los miembros de su familia.

El film es un retrato de la locura realizado desde la subjetividad, narrado en primera persona a través de las cartas que para el niño suponían el único refugio para la enfermedad. Para ello, Jean-Claude Lauzon, director muerto prematuramente, no escatima una estética de una plasticidad apabullante, que oscila entre lo cotidiano y sucio y lo fantasioso, con unos tonos ámbar y uso del color fascinantes, pero que se aleja de las proposiciones del también franco parlante Jean-Pierre Jeunet para proponer directa pero sutilmente la raíz de la demencia trasladada a la aparentemente confusa estructura de un relato que lleva al espectador, cogido con cariño de la mano, mecido adelante y atrás en el tiempo que dura la breve vida consciente del muchacho, hacia un relato confuso por su propia naturaleza, de tono trágico y esperanzado a la vez, experimentando la extrañeza de la demencia en sus carnes.

Todo ello contado, naturalmente, de una forma clara pero que oculta, con una reconfortante voz en off que lee las cartas escritas brillantemente por el niño Léolo, la verdadera naturaleza de lo que estamos viendo, verdadera carne de cañón para el análisis psicoanalítico. Léolo transita por la frontera entre la realidad y la locura, busca el límite entre una y otra y traslada al espectador, en primera persona, a la fractura entre ambas que es el motivo de su existencia. Con un simbolismo místico y casi mágico, nunca se aleja de la realidad y ofrece al espectador un ticket al cerebro del protagonista. Leo está a punto de volverse loco, se sabe al borde de la extinción y trata de aferrarse con uñas y dientes a la realidad, encontrándose trágicamente con que la puerta de la locura está ya abierta para él.

Las relaciones de amor-odio con su familia, a los que sabe culpables involuntarios de la tragedia de su existencia a un nivel genético, su cambio de nombre a uno fonéticamente italianizado -que refleja la articulación de la realidad del niño a través del lenguaje-, y su voluntad de huir con su vecina a Sicilia, donde cree que fue concebido por un tomate (sic), son síntomas de los traumas derivados del subconsciente de la mente de Leo (que es la de su director Lauzon, que confiesa haber confeccionado el guión a partir de elementos que nada tienen que ver), en una suerte de escritura automática que riánse ustedes de Breton y los surrealistas, y que dibuja el trágico retrato de la mente del director a través del niño. Nótese a este respecto la similitud entre los apellidos de ambos, director y personaje…

Y sobre todo, es en ésa visión desgarradora de la locura vista como el fin de la existencia –ese plano del niño sumergido en la bañera con hielo del hospital- pero tratada con comprensión, ocultando en el entrañable mundo de Leo su tragedia (de la que es en todo momento consciente), cuando el film transforma su imprevisible estructura en un retrato de la degeneración de la mente, huyendo de en primera persona del clasicismo y la realidad y retratando la caída, en barrena, a los abismos de la locura.

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