Crítica: WALL-E (II)

Poster de WALL-E en inglés

Título original: WALL-E
Director: Andrew Stanton
Guión: Andrew Stanton y Jim Reardon, basado en un argumento de Andrew Stanton y Pete Docter
Género: animación, ciencia ficción
Duración: 98 minutos.
Año: 2008
Estreno en España: 6 de agosto
Crítica: WALL-E
¿Dónde está Wall-E?
Presto, corto de Pixar
Trailer: Wall-e

Voluntarioso y entrañable robotito en cuyas zarpas recaerá, involuntariamente, el destino de la humanidad, WALL-E supone otro esperado triunfo cinematográfico de Disney y Pixar contra sus competidores comerciales (Crítica: Kung Fu Panda). Es también uno de los films de necesario visionado este año, aunque eso casi nadie lo duda a estas alturas. Además, nos plantea un dilema de indudable calado, y no nos escamotea una dura advertencia, más al contrario: el film hace gala de una entereza, inteligencia, belleza y sinceridad fuera de toda duda: cuando los humanos desaparezcamos, serán las máquinas las que amen por nosotros.

Y es que ese cubo amarillo con ruedas y cara de prismático se gana el corazón de las plateas. Es increíble su credibilidad como personaje y la dignidad humana que los sabios de Pixar le han aportado. Absoluto bebedor de Chaplin, Woody Allen y todos quienes ustedes quieran, desde E.T. hasta Johnny 5 (Cortocircuíto), su determinación ante la barbarie y el futuro apocalíptico y obeso que el film nos presenta, (bajo disimuladas líneas curvas y llamativos colores), es la mejor advertencia de que nuestros propios trastos están llamados a sustituirnos en nuestro vacío existencial. Y nos lo dice con una amigable sonrisa…

Apuntándose, después de su primer tercio, a la narrativa del héroe que abre los ojos al mundo, lo particular de WALL-E es que el personaje lo hace sin querer, provocando una serie de reacciones en cadena debido a su torpeza (pero que desembocarán en un nuevo amanecer para todos), enlanzando con todo un legado de comediantes mudos que otorgan al film su notable anclaje cultural y referencial. En su segunda mitad, gana peso la metáfora del futuro y el componente de ciencia ficción, pero lo hace sin acusar desmayos: se plantea un desasosegante holocausto para luego alumbrarnos un nuevo comienzo, ya sea en forma de planta minúscula o en forma de mecánico cubo amarillo en busca del amor.

Enérgica, sentimental, brillante y poética, el vibrante nuevo espectáculo de Pixar no sólo es puro cine, entretenimiento magistral y profético espectáculo, también es una sensible muestra de fibroso músculo aventurero y elegante comedia, una verdadera predicción de los males sociales no de la tecnología (reivindicada, incluso), sino de los generados por el ser humano, decidido a acabar con su vida y su entorno no por maldad, sino por desidia. Como film, WALL-E supone una llamada cinematográfica no al pasado, sino al futuro, en armonía con el primero. Fondo y forma aparecen entrelazados en el film de Andrew Stanton.

He ahí el eterno acierto de los creadores de Pixar, la perfecta compatibilización de la técnica de vanguardia con el clasicismo bien entendido. WALL-E, al igual que Toy Story, que Ratatouille o Los Increíbles (mi particular debilidad, las dos últimas) compagina perfectamente una narrativa que no se apoya en la enésima acumulación de secuencias que dejen sin aliento –que las tiene-, sino que deja respirar el argumento y los personajes, dejando que el mundo que plantea se vaya dibujando, poco a poco y a lo largo que avanza su ajustado metraje, ante los ojos de un asombrado espectador de cero a cien años. Tradicional y vanguardista, WALL-E no decae en ningún momento hasta que se acaba.

Utilizando recursos visuales elementales (como cuando el capitán observa en los cuadros quién mueve los hilos realmente) el film elude caer en el sentimentalismo barato y ofrece al público el más entrañable romance, la más sensible presentación de la soledad y la necesidad de otro –en su magistral primer tercio, ¿alguien pensó en Naúfrago?-. Además elabora una profecía de notable calado, y nos deja un personaje destinado a formar parte del público para siempre.

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