El cine musical ayer y hoy

Un controlado entorno donde la cámara danzaba al unísono de la música acompañando grácilmente coreografías imposibles. Una visión de un mundo mejor donde la sonrisa era la moneda de cambio y uno podía ser de nuevo un niño por unos instantes.

Soy la única persona que conozco a la que le gustan los musicales. Cuando hablo de musicales me refiero a los de antes, desde los orígenes del cine sonoro hasta la década de los 60 más o menos. Los que vinieron después también me apasionan, pero son del tipo de musicales que a la gente no le importa nombrar sin sonrojarse.

Aquello de que en mitad de un diálogo los personajes se pongan a cantar y a dar brincos por el escenario siempre ha resultado un poco chocante para las nuevas generaciones. Esa clásica visión de la vida en multicolor pertenece a un cine que ya no existe y que alcanzó su cenit con el apogeo del sistema de los estudios de Hollywood. Un cine artesanal que tenía en plantilla a actores, directores, técnicos, carpinteros y electricistas en una suerte de empresa con identidad propia que era fácilmente identificable por los espectadores.

Los decorados (el cine americano no empezó a salir habitualmente de ellos hasta principios de los 60, cuando la nueva ola francesa hizo saltar por los aires las antiguas formas) nos llevaban a un controlado entorno donde la cámara danzaba al unísono de la música acompañando grácilmente coreografías imposibles. Una visión de un mundo mejor donde la sonrisa era la moneda de cambio y uno podía ser de nuevo un niño por unos instantes.


Desde La calle 42 de un recurrente Nueva York hasta los Alpes Suizos pasando por un idílico París, el musical americano creó un puñado de clásicos que se mantienen presa de un tiempo muy determinado. No me importa demasiado, crecí acariciando preciados discos de vinilo que contenían las bellas composiciones de Richard Rodgers, Cole Porter o Leonard Bernstein y viendo una y otra vez las películas que les daban vida. Y aunque luego llegó el rock’n’roll a mi vida como entra un elefante en una cristalería, no soy del tipo de personas que, conforme crece, va negando todo lo anterior. Resulta curioso ver cómo en mi MP4 conviven sin problemas ‘My Fair Lady’ y Sonic Youth.

El rock’n’roll también se introdujo de forma irreverente en las entrañas del musical pervirtiéndolo de forma sana y jocosa a ritmo de glam rock a mediados de los 70. Obras de culto como ‘Phantom of the Paradise’ o ‘The Rocky Horror Picture Show‘ allanaron el camino para lo que vendría después. Actualmente, experimentos fallidos como ‘Across the Universe’ (siempre he dicho que la calidad como letristas de Lennon/McCartney no estaba a la altura de su capacidad para crear melodías) o la exitosa ‘Mamma Mia’ se derrumban artísticamente ante maravillosos esperpentos como ‘Sweeney Todd’ que, bajo esa apabullante estética tan del gusto de la chavalería,  esconde el clasicismo que servidor reivindica. Digamos que Tim Burton espolvorea carbón y cenizas sobre los chillones colores de antaño, transformando así los buenos sentimientos en dolor y necesidad de venganza. Y aunque Johnny Depp no es Gene Kelly, uno ve y siente más cercano al musical de toda la vida a ese oscuro barbero que a Meryl Streep, con su peto azul, dando brincos al ritmo de las canciones de ABBA.

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