Gamberradas

>Very bad things

Me cuesta considerar subversivo el llamado cine de autor. Uno no puede conectar un derechazo en las conciencias de su público si el sujeto entra la sala en guardia; y los habituales de las selectas salas de arte y ensayo son una minoría normalmente leída e informada sobre lo que va a ver. El cine de serie B, más cañero e irreverente que el de autor en muchas ocasiones, también goza de un público reducido y muchas veces ya entregado a priori. La verdadera subversión, la gamberrada, debe caer en emboscada sobre las mentes que se tienen por limpias.

Por eso adoro al gamberro de centro comercial. El que ataca a la masa desprevenida en el multicine. El que cuela personajes, secuencias y giros macarras en películas comerciales. El que escandaliza a la novia mojigata y hace que una sala enorme se atragante con las palomitas y nachos con queso.

En los noventa, durante esa etapa tan gamberra que es la adolescencia, recuerdo a un matrimonio saliendose de un multicine en una zona residencial durante el pase de Very bad things, de Peter Berg. Mientras, yo me reía viendo como se entierra a una puta descuartizada en el desierto sin que tu prometida se entere de que así acabó tu despedida de soltero. David Fincher les dio algo más que un susto con Seven a las niñas que forraban sus carpetas con la foto del, hasta entonces, tierno Brad Pitt en 1995. La última fila de la clase en el instituto la ocupaban The Faculty de Robert Rodriguez, donde había que esnifar coca para demostrar que no eras un extraterrestre, y Cherry Falls en la que se organizaba una gran bacanal juvenil porque el asesino mataba solo a los vírgenes. A esa edad escuchaba con una sonrisa los comentarios de indignación durante la película y a la salida de la sala.

Y tal vez sigo teniendo un espíritu adolescente. Creo que el verdadero riesgo está en colarla en lo comercial, donde los fracasos y los éxitos de las gamberradas adquieren dimensiones épicas. Su destino es circular de generación en generación por los pasillos de los colegios, transportes públicos, oficinas y facultades; y no tan solo por selectos circuitos cinéfilos. Tyler Durden, el personaje que tal vez representa mejor que nadie el gamberrismo mainstream, insertaba planos pornográficos en películas familiares en multicines. Si lo hubiera hecho en algún que otro festival de cine “alternativo” tal vez lo habrían considerado un “experimento fílmico”. Puede incluso que, hinchado en su ego por las albanzas de la crítica más culta, se hubiera convertido en un acomodado y unánimemente aclamado “autor”. Vaya mierda ¿no?.

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