¿Hacemos una porno?: Kevin Smith frente a su propia creación

Hacemos una porno, de Kevin Smith

¿Hacemos una porno? es el nuevo film de Kevin Smith, una de las revelaciones del llamado cine indie norteamericano que dominó la primera mitad de los 90 a la sombra de Miramax. Quince años después de su debut con la muy independiente Clerks, con sus memorables diálogos y su reivindicación de la inmadurez y el colegueo, recibo con dudas esta ¿Hacemos una porno?.

Hasta ¿Hacemos una porno?, los últimos pasos de Kevin Smith han sido en falso. La por él mismo menospreciada edad adulta finalmente llegó, y con ella su almibarada mirada a la paternidad en la fallida Jersey Girl. Tras el fiasco, la tan disfrutable como inncesaria Clerks II supuso a todas luces una especie de autohomenaje, de esos que nos hacen sospechar de la vigencia de un artista.

Además de las dudas que despierta el propio realizador, hay otro elemento contextual importante en el análisis de ¿Hacemos una porno?. La irrupción de la llamada “nueva comedia americana” ha cambiado las reglas de un juego en el que pudiera parecer que Smith ya no tiene su sitio. Y sin embargo, sería una injusticia no reconocerle al creador de Jay y Bob El Silencioso la enorme influencia que ha tenido en esta generación de autores cómicos encabezada por Judd Apatow. Kevin Smith fue el primero que mezcló los chistes grotescos y las palabras malsonantes con las discusiones freak, y todo ello sin renunciar a una excelente construcción de personajes, metidos a su vez en problemas identificables y casi universales.

En ¿Hacemos una porno?, Smith se enfrenta con ambivalencia a esa “nueva comedia americana” que es en gran parte una creación suya. Por un lado se aprovecha de sus logros y de su éxito masivo (algo que él nunca ha tenido) al contratar como protagonista al actor Seth Rogen, tal vez la cabeza más visible de su quinta tras participar en Lío embarazoso o Virgen a los 40. Además, hay un toque de accesibilidad en la propuesta, una especie de búsqueda de equilibrio que no existía en sus primeras películas, por lo menos en aquellas que van desde su mencionado debut hasta Dogma. Por otra parte, hay un nuevo amago de amor por su propia obra; por decirlo de algún modo, el director es más el mismo (o lo que supuestamente representa) que nunca.

Así, en su tratamiento de la amistad, en los trabajos basura de los protagonistas, en el homenaje a Star Wars, Smith trata de reencontrarse con lo que le hizo grande. El resultado es un film simpático, con algunos chistes más que salvables, y la certeza de que estamos ante un director incapaz de renunciar a las cualidades que él mismo, como buen cliente de videoclubs que es, sabe que tiene. Tal vez por eso ¿Hacemos una porno? es tan previsible, porque la estructura y la temática que la sostienen ya las hemos visto antes. Yo me sigo quedando con la inesperada lucidez de Persiguiendo a Amy, por muy mala que fuera la calidad de su fotografía. Será que precisamente eso era parte del encanto.

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