‘Igualito que mi tío Oscar’

Los premios más famosos del cine nacen con el sonoro en 1927. Ese año se crea la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood. En la cena de inauguración, el todavía galán Douglas Fairbanks propone premiar a los mejores profesionales de forma anual. Cedric Gibbons, haciendo valer sus dotes de director artístico, habría dibujado la icónica silueta que conocemos hoy en el mantel de su mesa.

oscarLos Oscar, menudo invento. Un año más el cine de Hollywood se ha vestido de gala en lo que es la fiesta más importante del cine a nivel de popularidad. Todo el que es o pretende ser alguien en la potente industria norteamericana debe pasear ese día por la alfombra roja. Pero buceemos un poco en la historia (oficial y personal) de este evento que, tenemos que reconocerlo, todo cinéfilo marca por una u otra razón en el calendario.

Los premios más famosos del cine nacen con el sonoro en 1927. Ese año se crea la Academia de las Artes y las Ciencias Cinematográficas de Hollywood. En la cena de inauguración, el todavía galán Douglas Fairbanks propone premiar a los mejores profesionales de forma anual. Cedric Gibbons, haciendo valer sus dotes de director artístico, habría dibujado la icónica silueta que conocemos hoy en el mantel de su mesa. En 1929 se llevó a cabo la idea premiando lo mejor de los dos años anteriores, siendo Alas (1927) la primera película en obtener el por entonces no tan codiciado premio. En 1931 cuenta la leyenda que Margaret Herrick soltó la famosa frase: ‘¡Vaya, es igual que mi tío Oscar!’ refiriéndose a la dorada estatuilla y, como ya sabemos, bautizándola involuntariamente.


Hubo un tiempo en el que los Oscars significaban algo para mí. Primero en el colegio y después en el instituto, siempre había un día del año en el que llegaba con ojeras a clase portando un folio que contenía los ganadores de la madrugada anterior. Resultaba excitante pasar la noche en vela y celebrar o maldecir los premios según coincidían con las predicciones de uno. Ahora que lo pienso, ¿le interesaba lo más mínimo a alguno de mis compañeros de pupitre el contenido de aquel folio con los resultados de tan particular quiniela? Posiblemente no, ni falta que hacía oigan.

Con el tiempo vino el desencanto. Uno va madurando (y lo que son las cosas, va viendo cine y más cine) y empieza a distinguir el cartón piedra, la política tras los premios y los hilos que mueven el glamuroso teatrillo. Tengo que reconocer que mi creciente falta de interés fue apoyada inconscientemente por cierta cadena de pago que se hizo con los derechos de emisión de los premios (si, la misma que acabó con la afición al baloncesto en este país por hacer lo propio con las retransmisiones de la NBA). Al principio me fastidió la pérdida de una tradición personal con la que había crecido, pero como les digo, con los años fue remitiendo el enfado para convertirse mas bien en un bálsamo. Resultaba mucho más divertido admirar el cinismo del que hacían gala programas míticos como Días de cine en su particular crónica de la gala. Aquí tienen uno de los últimos y mejores ejemplos, el de los Oscars 2005. No tiene desperdicio.



Oscar 2005 en Días de Cine

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