Los caballeros las prefieren rubias

Si una chica dedica todo su tiempo a preocuparse por todo el dinero que tiene, ¿cómo va a tener tiempo para estar enamorada?”. Esta frase define perfectamente la película protagonizada por nuestra querida Marilyn Monroe en uno de los papeles que ella mejor sabía interpretar: el de diva rompecorazones, una Lorelei Lee, inmortal chica de Little Rock, que se proponía conseguir un marido rico para satisfacer su necesidad de tener una buena colección de diamantes.

Lorelei no dejará en todo el metraje que su amiga Dorothy Shaw (Jane Russell) la aparte de su enfoque esencial en lo referente al matrimonio. Dorothy se enamora, durante un viaje en barco, de todo el equipo olímpico masculino de la carrera de relevos, también del lanzador de peso. El guión hacía uso de las típicas escenas de enredo de la época: identificaciones equivocadas, hombres con ropa interior femenina, grandes traseros y pequeños ojos de buey y coristas con trajes sado-maso inspirados en Schiaparelli. Pero en realidad, la cámara se “come” a Marylin Monroe en su personaje favorito: la rubia tonta. Sus imitadoras nunca fueron capaces de interpretarlo de manera ni remotamente parecida.


Es curioso que la cazafortunas consiga lo que quiere en este metraje. Algo no muy corriente en el cine de la época, que generalmente acababa presentando cierto tono moralista encubierto. Una diva es una mujer que sabe cuidar de si misma y a la que le gustan los diamantes. Segunda y última comedia de Howard Hawks, dotada de buenos números musicales y excelentes peripecias de las dos coristas en busca de marido.

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