Scream y el terror adolescente de los ‘90

Drew Barrymore pasandolo muy malA mediados de los noventa se produjo un ‘boom’ cinematográfico relacionado con el terror adolescente. De la noche a la mañana aparecieron multitud de películas en las que un grupo de chicos y chicas padecían las tendencias maníacas de un asesino que muchas veces era de su edad. El film que abrió la veda fue Scream (1996). Su director, Wes Craven, ya era conocido por haber sido el inspirador de Pesadilla en Elm Street, la saga del malvado Freddy Krueger. Sus películas posteriores no alcanzaron mismo nivel… Hasta que ideó una historia atrayente para el público juvenil, con gancho. Una historia con estos ingredientes…

Llamadas. Seguramente la mejor escena de Scream es la primera. Casey (Drew Barrymore) está sola en casa, haciendo palomitas y esperando la llegada de su novio. De repente, recibe una llamada inquietante. Es una voz distorsionada que le hace preguntas sobre películas de miedo. Al principio, Casey pasa de él y le planta cara. Pero entonces el anónimo empieza a dar pruebas de su poder… Por ejemplo, matando al pobre novio en el jardín y amenazando con entrar en la casa. Las llamadas se repiten una tras otra, Casey responde preguntas implorando que el juego termine, pues si se equivoca ella también morirá… Éste es un recurso que Wes Craven utilizará a lo largo del film y que resulta muy efectivo para lograr la tensión del espectador. La versión española de Scream tenía como subtítulo «Vigila quién llama».


Neve Campbell recibe una llamada chunga

Morbo. Los chicos y las chicas que aparecen en Scream no son cualquiera. Ellos tienen cuerpos atléticos, juegan al fútbol, hacen gimnasia y tienen una planta imponente. Ellas visten ropa ajustada, abusan del escote, son ingenuas y atractivas. Son personajes creados para un público que tiene las hormonas a flor de piel. La protagonista principal, Sidney Prescott (Neve Campbell), tiene sus correspondientes escenas pseudoeróticas con su novio. Los comentarios que se escuchan están encaminados a subir la libido del espectador. Hay insinuaciones, gestos obscenos… Y lo más importante: un asesino que desde el primer momento sospechamos que puede estar entre el grupo de adolescentes. ¿Qué puede dar más morbo –pensarían los guionistas– que hacer que una chica se acueste con su novio aun sabiendo que es un presunto culpable? O viceversa…

La maldita caretaMuertes. El asesino de Scream, a diferencia del Freddy Krueger del ’84, es de carne y hueso. No hay indicios de su procedencia sobrenatural. Le vemos actuar escena tras escena. Tampoco es el típico ser imperturbable: él también recibe lo suyo, se cae por las escaleras, se tropieza con el traje… Ah, el traje. El disfraz y la máscara. He aquí otro de los secretos del éxito de este film. Esas ropas negras y esa macabra recreación de El Grito de Munch causaron furor. ¿Quién no pensó en disfrazarse de asesino de Scream en los siguientes carnavales? La verdad es que era como encarnar a la misma muerte, con la daga en la mano para clavarla en el corazón de sus víctimas. Y, por supuesto, manteniendo hasta el final la incertidumbre de su identidad.

Estos son los ingredientes que explican las cuantiosas recaudaciones que registró Scream, una película que superó sus propias expectativas. El problema es que se explotó demasiado su idea y le salieron secuelas por todas partes, desfigurando su originalidad. Por ejemplo, podemos citar los casos de Sé lo que hicisteis el último verano (1997), Aún sé lo que hicisteis el último verano (1998), The Faculty (1998), Leyenda urbana (1998), Leyenda urbana 2 (2000)… O las propias secuelas de Scream: la segunda (1997) y la tercera (2000). De tanta repetición, más que intriga o terror acabaron causando risa. Y de eso se ha aprovechado muy bien la saga Scary Movie (2000, 2001, 2003 y 2006).

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