‘Watchmen’, o las sangrientas aventuras de Los Increíbles

La adaptación cinematográfica de ‘Watchmen’ no podía estar más alejada del complejo artefacto narrativo elaborado por Alan Moore y Dave Gibbons con una integridad artística intacta y unos resultados absolutamente fabulosos. Sin embargo, la película se aleja del espíritu y crea una cinta de superhéroes llena de comedia, acción y referencias pop. ¿Un divertimento de 163 minutos? Quizá.

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Watchmen, una parodia excesiva

Corresponde a Alan Moore y Dave Gibbons el meritorio título de revolucionarios ya que con su opus ‘Watchmen’ consiguieron no sólo deconstruir al superhéroe, sino también hacer avanzar al medio con sus aportaciones narrativas, riquísimas y con una historia que gana todavía más profundidad en sus relecturas. Conviene no detenerse mucho más en el comic book de doce números, luego reeditado en formato novela gráfica, de Moore y Gibbons: la relación con su película termina aquí, pese a que la campaña de publicidad indique lo contrario.

Uno de los mejores momentos del remake de ‘Amanecer de los Muertos’ era aquel en que la vida cotidiana en el centro comercial, ahora refugio ante el estallido de zombies, se contaba al ritmo de una versión lounge del himno numetalero Down with the sickness de Disturbed. Esa concepción del humor es la que usa durante toda la película Snyder para definir a sus personajes y termina consiguiendo algo que, pese a que es diametralmente opuesto a su fuente, funciona: una parodia con toques de acción superheroica, una cinta espectacular y divertida, desconcertante a ratos y con un guión que toma soluciones de puritita serie B (uno de los guionistas escribió el más honesto peplum para multisalas, la cachonda ‘El rey escorpión’).

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El Comediante

No es esta una película especialmente memorable, pero al menos sobrevive al desastre de la anterior ‘300’, engolada por su artificio: puede argumentarse que 163 son más de lo habitual para una parodia que sólo funciona en los mismos términos que un episodio de los Simpsons, pero es innegable que se trata de un blockbuster rarísimo más cerca de ser el Joel Schumacher de la década que otra cosa. Porque Zack Snyder, igual que Schumacher, enfatiza y exagera la caricatura de lo serio que perpetraron en distintas modalidades Tim Burton y Christopher Nolan y, posiblemente, pueda encontrarse con la apatía de un público que asistirá impávido a una comedia construida enteramente sobre referencias pop y que narrativamente avanza con baches enormes para aquellos que no hayan leído la novela gráfica (el origen del Dr. Manhattan es una interrumpción pseudopoética demasiado larga y sobra, sin duda). Pese a que pretende parodiar la aportación de Schumacher en el look de Ozymandias, el resultado va en esta onda: si el director recordó en los noventa que los vínculos entre Batman y Robin son siempre una excusa para el choteo entre los villanos, Snyder nos recuerda, en plena era Obama, que el Mal (o la solución para este) no son los gobernantes tipo Bush, ni tan siquiera la energía nuclear: el Mal son los millonarios homosexuales, estrellas del rock (Matthew Goode emula el look ochentero de David Bowie mientras una Annie Leibovitz de pega le hace fotografías) capaces de privar a los superhéroes de su dosis placentera de hostias y espectacularidad, lo que necesitan, vamos. Eso sí: sólo demuestra ser un director absolutamente brillante en sus créditos iniciales, dónde narra sólo a ritmo de una canción protesta sesentera el cambio político condicionado por los superhéroes o una forma velada de hablar del fracaso de la contracultura.

El resultado final es absolutamente olvidable y entretenido: una mezcla entre los gadgets de un episodio sesentero de ‘Los vengadores’ con una versión nudie y gore de ‘Los Increíbles’, de la que hereda superhéroes felices de serlo y que vuelven a la acción con la misma efectividad de siempre. El look, de síntesis ochentera con toques de violencia de genuina película italiana, confirma que estamos ante una de las películas más extrañas e imprevisibles que han dado los superhéroes en la década, alejada de todos los propósitos de profundidad de su fuente, pero también de los tópicos de las cintas más comunes: un divertimento de duración mastodóntica, un spoof de alto presupuesto…un clásico trash de 120 millones de dólares. Y también una película honesta por parte de un director que había dejado de serlo.

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