Woody Allen: Filmografía (III)

Woody Allen - Desmontando a Harry

Filmografía Woody Allen: Introducción + Etapa cómica | Etapa Clásica | Etapa Manierista | Etapa de madurez |

ETAPA MANIERISTA

Francis Ford Coppola y Martin Scorsese son siempre considerados como dos de los principales cineastas posmodernos, al contrario que ocurre con Woody Allen. Los tres grandes cronistas de la ciudad de los rascacielos se unieron en 1989 creando cada uno un mediometraje para la obra conjunta Historias de Nueva York (1989). Será justo en esta obra que comparte con dos compañeros de generación con la que Allen de el salto a su etapa manierista.

En su fragmento, Edipo reprimido, la represora madre del protagonista desaparece en una sesión de magia (un elemento constante en su obra a partir de ahora). Cuando reaparezca, será en el cielo de la ciudad y aprovechará para dejar a su hijo en ridículo ante todo el mundo. La razón por la que está película supone un paso más en la carrera de Allen es por el hecho de que empieza a jugar en varios sentidos. Por un lado ya es consciente de las creencias generales sobre su persona y su personaje y lo lleva a la parodia en este caso introduciendo en esta historia el mito freudiano del Edipo. Por otra parte, lo que antes fueron excepciones ahora será sistemático. La magia, lo irreal, lo fantástico va a ser clave en sus tramas, cada vez más desestructuradas, alocadas y aceleradas.

La siguiente película sirve para consolidar esta nueva etapa. En Alice (1990) hay magia, locura y una estructura de guión novedosa en la carrera de Allen, con un final totalmente súbito que se repetirá en la película posterior Sombras y Niebla. Allen sale de su cine para introducir una trama extraña e impactante, que lo introduce de lleno en la posmodernidad cinematográfica desfasada que serán los años 90.

 

Sombras y Niebla (1991) es una película que busca el estilo expresionista de los directores alemanes de los años 20. Con un argumento kafkiano, Allen, como se dice popularmente, se “sale por la tangente”, acordándose de un estilo con el que probablemente nadie le asociaría y rodado por supuesto en blanco y negro. El final, otra vez súbito y alocado, con lo mágico y surreal en el centro de la acción. La autoconciencia, la sorpresa y los giros inesperados en su carrera son el eje principal de la etapa manierista de Allen.

Y un nuevo volantazo llega con Maridos y mujeres (1992), película tremendamente polémica (y por ello exitosa) debido a las noticias sobre su vida privada que sorprenden al mundo entero en aquellos meses (y en las que no entraré). Con esta agitadísima e incómoda película, Allen saca la cámara de su estabilidad y esta se mueve con nervio, con violencia. Si habitualmente su cine se había tomado la falta de certezas con serenidad, aquí la locura parece que se apodera del director, que está incómodo y que incomoda, a la manera de los cineastas franceses.

Tras la polémica causada por la obra anterior, el director busca relajarse con una comedia que protagoniza junto a sus amigos. Se trata de Misterioso asesinato en Manhattan (1993), con la que consigue que público y crítica se rindan de nuevo a sus pies. Sin embargo, no se debe creer que con esta película Allen vuelva a los postulados de sus clásicos. Lejos de eso, continúa con su autoconciencia y coge un género clásico (el cine de suspense) y lo lleva a su particular terreno, convirtiéndolo en algo novedoso y genial. Además, realiza un homenaje absolutamente indisimulado (como el que había a Casablanca en Sueños de seductor) a Sed de mal, copiando la última, brillante y manierista secuencia del clásico de Orson Welles.

Con Balas sobre Broadway (1994) la premisa es la misma, solo que el cine ahora reventado es el de gángsteres, con el bello trasfondo de la realidad teatral neoyorkina. Por primera vez Allen se siente viejo para interpretar su habitual personaje y lo deja en manos de otro actor (en este caso John Cusack), algo que repetirá en posteriores ocasiones. Con esta película consigue un nuevo éxito.

La racha triunfal de deconstrucción de géneros a mediados de los 90 prosigue con el melodrama Poderosa afrodita (1995), en el que introduce a un coro griego en determinados momentos del film, sacando al público de la historia. Parece que su imaginación sigue sin tener límites y el público se lo agradece.

La última deconstrucción genérica llega con Todos dicen I love you (1996), que es nada menos que un musical a la manera alleniana. Al estar desprovista de todo contenido para la reflexión, puede llegar a recordar al cine de su primera etapa. Sin embargo, la magia y la ternura desaforada hacen su aparición y es que estamos ante el puro manierismo en la carrera de Allen.

Sin embargo, la tremenda viveza e imaginación de sus anteriores películas llega a su fin. La inspiración se acaba. Estamos ante Desmontando a Harry (1997), una obra sobre un hombre incapaz de escribir que convierte la crisis creativa en una de las películas más imaginativas de Allen. Multitud de personajes, juegos visuales e historias que se mezclan dan al film el manierismo esperado. Allen es más consciente que nunca de que su cine es su vida, y se la entrega al público sin pasar por los habituales clichés de su etapa clásica y recordando el infierno en que vive el artista, también narrado en el 8 y 1/2 de Fellini.

Celebrity (1998) prosigue la senda de la crisis creativa como motor argumental. Allen pide ayuda directamente al público. Desaparecen la esperanza y la ilusión y el humor se vuelve agrio. El blanco y negro es la única manera de plasmar la desesperanza y el vacío.

La etapa manierista se cierra con Acordes y desacuerdos (1999), en la que Allen da el personaje principal a Sean Penn y en ocasiones opina sobre él. Parece que Allen quiere dar a entender con esta película que los artistas son evidentemente seres extraños, casi irracionales y que tratar de comprenderlos es imposible. Una vez más habla de sí mismo, pero parece que ahora se ha rendido. Es el momento de reiniciarlo todo.

Revisando esta etapa manierista de la carrera de Allen uno se da cuenta que está formada por obras muy valiosas y muy diferentes entre sí. Velocidad, magia o deconstrucción de géneros son características que se repiten en desigual proporción. Es un cine más centrado en la forma que nunca, cada vez más posmoderno y que en los últimos films da sensación de agotamiento, no por la calidad de las películas sino porque de agotamiento es de lo que van. Parece que es el propio Allen quien nos tiene que guiar en el seguimiento de su carrera.

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