Cómo predecir si seguiremos juntos

Sabemos que las relaciones de pareja no son estáticas, y que como el amor y las personas evolucionan, pasando así por varias etapas. Algo que podría ayudar a su mejora es conocer los factores predictores de estabilidad (tiempo compartido, amigos comunes, admiración mutua, tolerancia de los errores, miedo a la ruptura) y los indicadores de declive (imputaciones continuas, fantasear con terceros, desinterés por proyectos futuros, irritación constante por conductas del otro, menor tiempo en pareja).

Todos nos hemos preguntado alguna vez cuál será el futuro estado de nuestra relación de pareja dentro de unos años. Todos hemos deseado asomarnos por un agujero virtual y echar una ojeada a ese tiempo futuro para poder ver si seguimos con la misma persona, si hemos conseguido superar las crisis, si el otro ha cambiado por fin esas conductas que tanto nos molestan o si lamentablemente todo terminó.
De manera intuitiva quien más quien menos sabe que lo más útil para pronosticar la estabilidad conyugal es valorar el equilibrio entre lo bueno y lo malo. Incluso algunos investigadores de la Universidad de Oregón han ofrecido una sencilla fórmula predictiva de separación o divorcio:
“Felicidad conyugal es igual a número de coitos dividido por el número de discusiones”.
El resultado deseable ha de estar por encima de 1 (al menos un coito por cada discusión). Si no es así, y la pareja está motivada a mejorar su relación, tiene dos soluciones: o disminuir el nivel de desacuerdos o aumentar el grado de encuentros eróticos. Ni que decir tiene que se pueden atacar los dos objetivos simultáneamente, obteniendo así un resultado de lo más satisfactorio.

No obstante, la realidad es más compleja quizá de lo que pueda representar esta fórmula orientativa, ya que hay más factores que pueden estar influyendo, tanto en positivo como en negativo. Conozcamos un poco más algo de los considerados como predictores de la estabilidad de la pareja, es decir, aquellas variables que si están presentes, nos darán seguridad, aunque hay que aclarar que son necesarias, pero no suficientes por sí mismas:

  • El tiempo compartido. Las parejas que encuentran momentos para dedicárselos el uno al otro y que hacen muchas cosas en común poseen un cierto escudo defensor ante la apatía y el deterioro. Para que sea efectivo este tiempo no ha de ser exclusivo para la pareja, es decir, es necesario que individualmente tengan roles independientes también (ser amigo de, vecino de, socio de, jugador de, hermano de, deportista de, etc.)
  • La red de amigos comunes, es un valioso recurso de protección, pues contribuye a buscar áreas a compartir, intereses, actividades, temas de conversación, en definitiva aumenta la complicidad y el compañerismo.
  • La admiración mutua. La percepción recíproca de que el otro tiene cualidades dignas de valorar, que siempre puede aportarnos algo y que con él/ ella podemos aprender y enriquecernos.
  • El miedo o tristeza a una posible ruptura. Sentir cierta incertidumbre ante la relación, no dar por sentado que el otro estará siempre ahí y que el amor se mantiene por sí solo, paradójicamente hace que cada miembro de la pareja cuide mucho más a su compañer@.
  • La utilización del perdón y la capacidad de tolerar los errores del otro. Es difícil imaginar una relación duradera y estable en la que no se haya dado alguna vez el perdón. El resentimiento, el volcar sobre la mesa una y otra vez las mismas críticas y el mostrarse intransigente con los fallos de la pareja, hace a la relación más vulnerable. Si se emplea la negociación y el llegar a acuerdos que satisfagan al menos parcialmente a ambas partes, los conflictos se hacen más llevaderos. Pero hay ciertas situaciones que no se desbloquean con pactos ni tampoco se solucionan negándolas o mirando para otro lado, porque en ellas se hace necesario el perdón, el cual sólo es eficaz si lo practican las dos personas; si siempre perdona el mismo, entonces hablaríamos de sumisión, dependencia o masoquismo.

¿Y el declive, se puede predecir también?: Pues parece que hay indicadores que lo delatan, y que deberían ser tratados como señales de alerta a las que prestar atención rápidamente si:

  • se entra en un periodo en el que cualquier conducta del otro nos molesta o irrita. Hay estudios que demuestran que las parejas infelices son más sensibles a los acontecimientos negativos que las felices; es decir, que las discusiones que tienen lugar en una semana apenas dejan huella en la satisfacción de los buenos amantes, mientras que en las parejas insatisfechas cualquier suceso negativo, por pequeño que sea, contribuye a deteriorar más aún la relación (si ya se estaba mal, de cualquier granito de arena se hace una montaña)
  • comienza a aparecer el interés por terceras personas o alguno de los dos fantasea con cómo sería su vida con otro amante o en otras circunstancias. Aunque suele ser una forma de evadirse del afrontamiento activo de los problemas conyugales, la búsqueda de otras alternativas o posibles opciones de relación no ha de ser ignorada, ya que denota que la insatisfacción se acrecienta.
  • Las imputaciones o el responsabilizar únicamente al otro de los problemas se convierten en la nota dominante. Las discusiones comienzan por algo concreto, pero enseguida derivan hacia la culpa. Esto pasa desapercibido para las parejas discutidoras, pero supone algo definitivamente destructor. Lo concreto se puede discutir y quizá solucionar (“No deberías comprar una televisión tan cara”), pero lo abstracto (“Eres un derrochador/a”) no suele solucionarse. En estos casos se crea una situación de gran ineficacia: las cuestiones de culpabilidad o inocencia no son asuntos que se resuelvan en una conversación, mientras que lo que sí se resolvería nunca llega a discutirse.
  • Desaparece el interés por compartir proyectos de futuro o planear cosas juntos. La apatía y la desidia se instalan en los temas de conversación cotidianos, y va disminuyendo significativamente el tiempo que destinan a la pareja o a realizar actividades comunes. Se sienten más obligados que motivados a seguir. Pesa más el miedo a estar solo que el deseo auténtico de estar acompañado desde la libertad.

Foto1: danielrompe
Foto2: gui navarro

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