Del silencio forzoso a los gritos

Dos extraños compartiendo piso podría ser el título con el que etiquetar la escena de pareja en la que tras una acalorada discusión ambos derrotados y frustrados deciden aplicar las famosas frases de “dejémoslo estar, para qué seguir hablando!”. Este silencio forzado es la consecuencia que sienten como obligada después de haber intentado explicar el motivo de su enfado o las razones de su comportamiento. Es evidente que las formas deben de haber sido caóticas y destructivas cuando agotados se dejan llevar por la estrategia de jugar a que el otro es invisible, y con este procedimiento improductivo dejan pasar tres o cuatro días en los que apenas se conceden el saludo, y se esquivan durante la cena, aferrándose a los dos pareja boxeoextremos de la cama, como niños que luchan por sus sábanas y su espacio.

Transcurridos esos días de mutismo impuesto, uno de los dos cansado del esfuerzo que demanda la técnica de ignorar completamente al compañero, inicia gradualmente un gesto, una pregunta tipo “¿quieres azúcar?”, que significa que por su parte ya puede comenzar la tregua. La aproximación es tan escalonada que ninguno de los dos todavía se atreve a mirarse directamente a los ojos ni a tocarse, pero empiezan poco a poco a retomar el diálogo de las cosas cotidianas, como símbolo de su intención de volver a la normalidad. En un par de días más, aparentemente la causa que desencadenó la tan sonada discusión parece diluida, pero esta paz es sólo superficial, porque ambos miembros de la pareja guardan en lo más profundo aquello que les dolió, y lo que es peor, no han conseguido llegar a un acuerdo o resolver las diferencias, dado lo cual, la liebre puede volver a saltar en cualquier otro momento.

En el otro extremo está el dúo conyugal en el que los gritos alcanzan tal volumen que no es difícil que los vecinos acaben protestando. Son incapaces de dar por finalizada la disputa que se caracteriza por horas y horas interminables de réplicas y contrarréplicas, en las que los descalificativos y los reproches van incrementándose proporcionalmente a la impotencia que sienten ambos porque no logran hacerse escuchar, a pesar de que no dejan de hablar al unísono. Cuando después de volver a reiterar las mismas frases parecen dar por concluida la conversación y empiezan a hacer otra actividad, uno de los dos vuelve a buscar al otro, le insiste, le llama varias veces por teléfono y se enfrascan de nuevo en la misma discusión que vuelve a conducirles al mismo punto, pero en la que han incorporado unas cuantas críticas más aliñadas con grandes dosis de falta de respeto.



Entre dejar de hablarse durante varios días y no saber dar por terminado un debate insano que se prolonga indefinidamente, hemos de encontrar algún punto intermedio para expresar las diferencias sin hacerse daño. Para ello, esbozamos a continuación algunas pautas que pueden ser efectivas:

  • Acordar entre los dos en un momento neutro que, pase lo que pase, es mejor no irse a dormir habiéndose retirado la palabra. En el momento en que uno se salte el beso de buenas noches o el saludo rutinario que entre ambos tengan establecido, eso dará pie a agudizar el distanciamiento.
  • Es preferible expresar la emoción que se tenga en ese instante (enfado, tristeza, decepción, desconfianza, etc..) que intentar disimularla o forzar una sonrisa falsa e irónica. De la misma forma, es más sano aceptar que el otro tiene esa emoción que presionarle para que se deshaga de ella, pues a corto plazo no sabe o no quiere cambiarla.
  • Cuando uno de los dos note que la emoción le invade, hasta el puntdiscusión de parejao de no poder controlar sus manifestaciones físicas (lloro incontrolado, aumento exacerbado de la tasa cardiaca y respiratoria) y de comportamiento (volumen de la voz, gestos de amenaza o desprecio) es conveniente que exprese a su pareja su dificultad para poder seguir hablando tranquilamente, y proponga detener temporalmente la conversación hasta un momento en el que ambos se sientan más preparados y serenos. No ha de confundirse esta retirada temporal de mutuo acuerdo con la evitación por parte de uno de los dos, en la que detiene la conversación y desaparece sin avisar, regalando un brusco portazo al que impotente y confuso se queda con la palabra en la boca. Para que esta suspensión de la disputa sea efectiva, el que se va ha de dejar explicitado cuándo estima que podrá volver a encontrarse en las condiciones adecuadas para seguir hablando.
  • Además de exponer la propia opinión o punto de vista es recomendable intercalarlo con resúmenes de lo que se cree haber entendido a la pareja. Esto es lo que se llama el juego del eco o dar feedback al otro: “si te he entendido bien, lo que tu sientes es que…; lo que tú quieres que yo haga es que …, ¿es así?”. Esto garantiza que ambos se sientan comprendidos y escuchados, y que se resuelvan malentendidos que pueden desembocar en otras peleas añadidas.
  • Intentar centrar el tema en el aquí y el ahora. Delimitar el tema objeto de la controversia. Si al problema principal se van sumando otros secundarios o pasados, se bifurca tanto la conversación que se pierde el sentido y el objetivo que había tenido al inicio. Por eso, en caso de que salgan otras cuestiones relevantes, es mejor acordar que se pospongan para otro día o momento.
  • Aunque por supuesto cada uno puede buscar apoyo en amigos o familiares para expresar sus preocupaciones de pareja, no es conveniente pedirles a éstos que hagan de árbitros, jueces o mediadores con mensajes, puesto que al final se colocan en una incómoda posición de lealtades. Cuando ambos miembros de la pareja no puedan solventar sus discrepancias por sí mismos, es más positivo que busquen la ayuda profesional de un mediador, consejero o psicólogo, que pueda dotarles de herramientas para comunicarse más sanamente.

Foto1: milenegriss
Foto2: flickr

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