Ada Colau también denuncia insinuaciones sexuales de hombres que la molestaron

Las mujeres estamos casi siempre sometidas a comentarios de los hombres degradantes y en muchos casos ofensivos. La última en confesarlos ha sido la alcaldesa de Barcelona, Ada Colau

abusos

Aunque la presión mediática sobre los políticos en campaña electoral hace que la mayor parte de las noticias tengan que ver con las elecciones que viviremos este próximo domingo, en sus discursos hay lugar para otros temas que preocupan socialmente y se han convertido en una lacra social de la que aún no hemos escapado. Ése es precisamente el caso de la actual alcaldesa de Barcelona, Ada Colau, que ha hecho referencia a insinuaciones sexuales y molestias por parte de un par de individuos que se dirigieron a ella en su condición de cargo público. Aunque el debate sobre si esto es o no una falta de respeto por tratarse de una autoridad no es algo que nos interese hoy, sí que vamos a hacer una reflexión al respecto de una realidad que se repite día a día.

Para muchos, que los hombres puedan dirigirse a una mujer haciéndole insinuaciones sexuales es algo que entra dentro de lo que se conoce como libertad de expresión. Sin embargo, hay que recordar que los derechos fundamentales de cada uno de los individuos terminan donde empiezan los del otro. Si es libertad de expresión insinuarse de forma directa a una mujer con comentarios que no solo molestan sino que agreden ¿dónde quedan los derechos de todas esas mujeres que son sometidas a estas prácticas en su vida diaria?

Ada Colau, solo una más en la polémica de las insinuaciones sexuales

Pese a que apenas dio detalles de lo ocurrido, Ada Colau considera que lo que ella sufrió en sus propias carnes con comentarios como «estás muy buena, podríamos tener algo juntos» ejerciendo su cargo de alcaldesa es solo uno de los tantos ejemplos que se repiten en la vida de las mujeres normales. Es más, en lugar de hacer gala de su cargo para calificar la molestia como algo aún más relevante ha hecho un gesto de humildad y se ha pronunciado preguntándose que si ella como cargo público recibía este trato ¿qué queda para el resto de mujeres?

Vivimos en una sociedad machista que da por hecho que los hombres pueden acercarse a las mujeres y tratarlas como si de un objeto hablásemos. Estamos rodeados de comentarios sexistas, de publicidad que utiliza a la mujer como reclamo y de pensamientos que pese a resultar muy cercanos al cromañón, siguen siendo nuestro pan de cada día. Pero ¿cómo se puede combatir toda esta ideología que llevamos años intentando eliminar de la sociedad? No es una cuestión sencilla, sobre todo si tenemos en cuenta que las actitudes machistas han ido en aumento en los últimos años con las políticas de recortes que han sufrido las partidas destinadas a la prevención de la violencia de género. Sin embargo, en aquellos países que gozan de unos datos mucho mejores que los españoles a este respecto lo han hecho a través de la educación y de las leyes.

Las leyes no pueden sancionar a cada hombre que hace gala de su género para menospreciar a una mujer, para tratarla como un objeto o para atacar directamente su intimidad. No puede simplemente porque las mujeres no van a denunciar cada uno de los casos que viven, y porque se colapsarían los juzgados. En ese sentido estamos un poco atados de pies y manos. Sin embargo, en el sentido de la educación no lo estamos tanto. De hecho, es precisamente en las escuelas, en los colegios y en los institutos en los que se debería prestar atención a la enseñanza que se le da a los alumnos y alumnas. Solo a través de programas que conciencien realmente a las nuevas generaciones y que consigan a modo de contagio pasar esas ideas a las generaciones mayores se conseguirán cambios realmente importantes a ese respecto.

Como mujeres, debemos resistirnos, ponerle freno y cantar las cuarenta cuando vivamos en nuestras carnes este tipo de acoso. Porque, aunque esté bien visto socialmente, no deja de ser un acoso y una invasión a una privacidad no consentida, porque las mujeres no somos un trozo de carne al que se puede ir piropeando e insinuando sin más, sobre todo, si falta la confianza y no se ha dado pie a tal actitud. Y si hay algún hombre al otro lado de la pantalla, no estaría de más que sirviese de ejemplo a sus congéneres.

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