Airbender. El último guerrero: Perdón por los cuatro elementos

Airbender

El cine de M. Night Shymalan siempre ha funcionado por la tensión entre la condición de autor del realizador de origen hindú, y las claves genéricas que suele manejar. Si bien es cierto que ha intentado aferrarse al cobijo de la industria en sus momentos de naufragio comercial, su singular retórica lo convierte en pariente más cercano de, para que nos entendamos, Bresson o Kiarostami, que de Michael Bay o Roland Emmerich. En un auteur más que en un fabricante de blockbusters.

Sin embargo, como se pudo comprobar en la muy felliniana La joven del agua, el director no carece precisamente de vanidad. Y la ambición por permanecer en primera línea es la que seguramente ha provocado que esa tensión de la que hablaba haya estallado, primero a cuentagotas en la irregular El incidente, y en todo su esplendor en esta, digámoslo ya, extraña y fallida Airbender. El último guerrero, en la que parte por primera vez de material ajeno.

En la película se dan cita algunas de las constantes temáticas y estilísticas de Shyamalan, como la reivindicación de los valores espirituales y de la naturaleza en un clima de catarsis (Señales, El bosque), la problemática de que el héroe acepte su condición (El protegido), o la elección de un ritmo ceremonioso, más propio del cine japonés. Pero la confrontación entre sus obsesiones y un presupuesto que obliga a crear una aventura épica para todos los públicos, da como resultado un film más cándido que realmente infantil, con imágenes más propias de otros tiempos que de estos, en los que manda el desenfreno (cf. las secuencias en el mundo paralelo de los espíritus).

Solo en los últimos minutos se atreve Shyamalan a jugar sin miedo al cine espectáculo, y tal vez es lo que debiera haber hecho desde el principio. Entonces llegan unos efectos especiales que poco tienen que envidiar a los de 2012 y similares, y una desvergonzada apelación a la necesidad de una secuela, que ya era de lo menos presentable de El incidente.

Como el desterrado príncipe Zuko, Shyamalan ha pretendido realizar ese acto único por el que pudiera ser perdonado, y regresar por la vía rápida al trono que hace tiempo que dejó de pertenecerle. Y como el personaje que interpreta Dev Patel, se ha perdido por el camino y no ha logrado su hazaña. Para que vuelva a aflorar el talento de cuya existencia no dudamos, quizás sea el momento de manejar los presupuestos del mencionado Kiarostami, y olvidarse de los malditos cien millones de dólares.

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