Blackthorn, el no-despegue de Mateo Gil

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Blackthorn. Sin destino supone el regreso como director de Mateo Gil, el inseparable colaborador de Alejandro Amenábar, 12 años después de su decepcionante ópera prima, Nadie conoce a nadie.  En esta ocasión, y en un giro a su carrera casi paralelo al de su amigo, Gil ha cambiado el thriller moderno por un género tradicionalmente asociado al Hollywood clásico: el western, en este caso con cierto aroma épico.

Blackthorn. Sin destino nos cuenta, nada menos, qué hubiese pasado con el legendario bandido Butch Cassidy si hubiese sobrevivido a la emboscada que sufrió en tierras bolivianas junto a su amigo Sundance Kid, y que presuntamente se cobró la vida de ambos. El encargado de dar vida a este Butch casi anciano es el actor y escritor estadounidense Sam Shepard, en una actuación un tanto desganada, como desmuestra su deficiente pronunciación cuando habla castellano, impropia de alguien que lleva más de dos décadas residiendo en Bolivia.

Le acompaña un Eduardo Noriega en un trabajo algo superior a lo habitual en él, lo cual de todos modos sigue sin llegar al mínimo exigible de cualquier actor digno de ser denominado como tal. Stephen Rea hace lo que puede con un papel bastante corto, al que se le pretende dotar de un significado fundamental para la trama, pero cuya importancia real queda en evidencia por el trato que recibe durante el apresurado desenlace de la cinta. Parece ser que la temible tijera del cine comercial europeo ha obrado de manera implacable con esta película para que no supere la hora cuarenta de duración.

Tampoco son de extrañar dichos recortes en el montaje, puesto que la puesta en escena de Mateo Gil, siendo sinceros, carece del brío necesario para llevar a buen puerto una historia que debería de oscilar entre la pura aventura y el relato emocional de carácter crepuscular. Tampoco ayudan los discutibles e innecesarios flashbacks en los que vemos a Sundance y Butch aún jóvenes y recién llegados a Bolivia, e interpretados por unos pobres desconocidos que tienen la tarea imposible de evitar que el espectador les compare con el mítico tandem Newman-Redford de ‘Dos hombres y un destino’ .

Lo que no se puede negar es que los valores de producción de este Blackthorn. Sin destino son muy altos, gracias a una estupenda ambientación y unas localizaciones bolivianas tan maravillosas que no hacen sino lamentarse aún más por la oportunidad desperdiciada. Gil aplica como puede un sentido poético del hombre contra la naturaleza y contra él mismo, que en fugaces ocasiones llega a funcionar, pero pronto se pierde en el tono apático que desprende el relato.

En definitiva, Blackthorn. Sin destino es quizá la muestra definitiva de que el cineasta canarión funciona mejor en sus colaboraciones con Amenábar que en solitario. O sencillamente, puede que esta clase de géneros les vengan demasiado grandes a ambos, como también demostraron en la fallida ‘Ágora’ . Lejos quedan ya los tiempos en los que el corto ‘Allanamiento de morada’, dirigido por Gil en 1998, hacía presagiar un talento comercial para una cinematografía imperiosamente necesitada de ellos.

En Notas de Cine | Crítica: Blackthorn

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