Canal + estrena House of Cards, el reencuentro de Fincher y Spacey

House of Cards supone el reencuentro de David Fincher y Kevin Spacey tras Seven. El retorno no podría ser más idóneo, trama política y corrupción en las altas esferas que harán estremecerse a más de uno, ¿realmente alguien puede mover hilos de ese modo? La respuesta puede no ser la que uno deseara escuchar


El pasado 31 de enero tuvo lugar en la Sala Sony el preestreno de House of Cards, una de las series más esperadas de la temporada. Con la organización de Canal +, el estreno será en esta cadena el próximo 21 de febrero, se emitieron los dos primeros capítulos al calor de la buena compañía de los seriéfilos y/o cinéfilos de siempre. La velada fue amenizada antes de la proyección con un suculento ágape de rigor y bebidas para afrontar de forma más distendida la reunión. Vamos, que lo pasamos estupendamente, pero hablemos un poco de la serie…

House of cards es la adaptación que ha hecho la televisión norteamericana de la mini serie británica de 1990, una de las tramas políticas más aplaudidas de la pequeña pantalla. Venganza, traición, intrigas políticas, filtraciones subterráneas, chantajes, patriotismo al servicio de uno mismo… De todo hay en esta botica que promete emociones fuertes y que no exige demasiado al espectador, sólo que coja sitio y disfrute.

¿De dónde viene esta nueva House of Cards? Aunque podría basarse sin ningún rubor en la clase política española actual –quizás más en lo relativo al desfalco, corrupción o malas artes que a la inteligencia para urdir tramas conspiratorias-, el origen está en la BBC. La original, de 1990, nos cuenta como, tras el abandono de Margaret Thatcher, Francis Urquhart, del Partido Conservador, espera una recompensa del Primer Ministro por sus favores del pasado. El premio no es el que esperaba, formar parte del gabinete ministerial, ya que queda relegado en su posición al frente del Partido. A partir de entonces, desbancar al jefe del gobierno será su prioridad más absoluta.

El traslado al panorama USA es telegráfico. Frank Underwood (Kevin Spacey) tiene una promesa del nuevo Presidente de los EEUU, el demócrata Garrett Walker: “Si vencemos en las elecciones, será el nuevo Secretario de Estado”. La victoria viene acompañada de una repentina frustración por parte de Underwood. Le transmiten que el nuevo gabinete prefiere que permanezca en el Congreso para controlar las leyes que se aprueban, su servicio al partido es más útil allí. Se desatará la tragedia desde numerosos frentes, apoyado siempre por su insaciable esposa Claire (de convicciones similares y catalizadora del alud conspiratorio). Filtraciones a una periodista con ínfulas de Pulitzer, denostada en el Washington Herald, y que se vendería a la mejor historia. Chantajear a un congresista adicto al alcohol y otros vicios inconfesables para que sirva de elemento activo a sus propósitos. Desbancar cargos políticos empezando por su ‘sustituto’ como Secretario de Estado…


Y detrás de las cámaras, David Fincher. Su reencuentro con Spacey no podría ser más satisfactorio, el director pretende explotar todo el potencial interpretativo del actor y pone la serie a su servicio. Le regala primeros planos, discursos de lucimiento y un cara a cara con el espectador que Spacey aprovecha desde el primer minuto. Parece empeñado en recordarnos el gran actor que es y Fincher parece tratar de obsequiarle con la cuota de minutos y protagonismo que le negó (al servicio de la historia, claro) en Seven.

El resto son secundarios. Su mujer, Robin Wright, encarna a la perfección a la esposa fuerte, esa Hillary Clinton, esa mujer del César con poder en la sombra. La evolución de su papel, si flaqueará o no, es uno de los pilares fundamentar en los que la trama se asentará. Kate Mara, vista en la primera temporada de AHS, pone toda la ‘carne en el asador’ para llevarse una buena historia. Harta de ser relegada y ninguneada en el periódico, decide hacer un pacto con el diablo. Las consecuencias son difíciles de digerir. Por un lado, el éxito inmediato, por otro, estar segura de que el contrato firmado con la clase política más oscura le puede llevar por los caminos más peligrosos. Spacey le advierte, ya la tiene en su poder: “Si este barco se hunde, sólo podré salvar a uno de los dos”

House of Cards, como decíamos, no exige al espectador. Lo que puede parecer una trama política compleja no lo es en absoluto. No busquéis las comparaciones con ‘El Ala Oeste de la Casa Blanca’. Esto es más accesible, menos humanizado, más encarnizado, más violento… Los políticos no sostienen debates de altura, no superponen el trabajo y el bien de la nación a sus principios, éstos no existen o se traicionan con relativa facilidad. ¿Más real o menos romántica? Revisar la prensa a diario nos da una respuesta rápida a esta pregunta.

Imagen | The Guardian

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