Carlos, idealismo y terror en tiempos de la Guerra Fría

Carlos de Olivier Assayas

Carlos es la adaptación para el medio audiovisual de la vida del célebre terrorista Ilich Ramírez, más conocido como Carlos ‘el Chacal’. Olivier Assayas, su director, ha creado con el material rodado una miniserie televisiva de algo más de 5 horas de duración, y un largometraje para cines de dos horas y media. Ambas son el fruto de una coproducción franco-germana, cuyo principal inversor ha sido el Studio Canal + . En este artículo comentaremos la versión televisiva, que a pesar de su división en 3 capítulos, mantiene intacta una puesta en escena y ritmo narrativo completamente cinematográficos.

Carlos nos cuenta las peripecias del Ilich Ramírez a lo largo de sus años de mayor ‘esplendor’ terrorista, especialmente durante su militancia en el Frente Popular para la Liberación de Palestina durante la primera mitad de los años 70. La película-miniserie refleja de manera efectiva el complejísimo entramado de ideologías, nacionalidades e intereses políticos que existían detrás del terrorismo de aquellos años, así como su papel dentro de la Guerra Fría.

Estilísticamente, Carlos es una cinta deudora de los thrillers de acción con evidente contenido político que han salpicado las pantallas durante la pasada década. A grandes rasgos, es una mezcla de la puesta en escena de la saga Bourne con la ambientación que pudimos ver en ‘Munich’. De hecho, podríamos considerar a Carlos como el reverso temático de la película de Steven Spielberg, en tanto que viene a contarnos prácticamente la misma historia e idéntico contexto histórico desde el lado opuesto. Por cierto que el trabajo de ambientación de la película-miniserie es cuanto menos igual de bueno, sino superior (gracias al uso de multitud de localizaciones reales), al de ‘Munich’.

El protagonista absoluto de la cinta es un formidable Edgar Ramírez, actor que además comparte apellido y país de origen (Venezuela) con el verdadero Chacal. Carlos nos es retratado con toda su energía e idealismo juvenil, que tiene su reflejo en una banda sonora de corte principalmente pop, y que incluye temas deliberadamente anacrónicos para crear un curioso efecto estético y expresivo. Sin embargo, el relato no escamotea en ningún momento la frialdad y crueldad de la que el terrorista hacía gala a la hora de quitar la vida de sus semejantes. Aunque, al igual que el Tony Montana de Al Pacino, no estará libre de ciertos escrúpulos a la hora de cometer determinados tipos de atentados.

Hay que destacar, además, la infinita variedad de idiomas que se hablan a lo largo del relato, acorde con la dimensión internacional del terrorismo de extrema izquierda de la época. Inglés, castellano, alemán, árabe, francés, ruso, búlgaro, italiano, e incluso japonés, entre otras, son las lenguas que se irán desgranando en esta especie de Babel del terror. Y por encima de todo, destaca la facilidad de Edgar Ramírez para pasar de uno a otro sin ningún tipo de problema, otra  habilidad que parecen compartir ambos Ramírez en la vida real.

A pesar de sus cinco horas y media de duración, Carlos se ve sin esfuerzo y llega a enganchar, aunque es cierto que algunos pasajes podrían haberse condensado un poco más. Sin haber visto la versión cinematográfica, quizá hubiese sido deseable un único producto cinematográfico con una duración a medio camino entre ambos montajes, ya que el fascinante mundo que nos retrata la miniserie merece ser desmenuzado con la minuciosidad de la que Assayas ha hecho gala. De cualquier manera, merece la pena perder una tarde entera dentro de los rincones más oscuros y sucios de la Guerra Fría. Sin duda, Carlos fue una de las grandes películas del pasado año 2010.


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