Cordero, testigo ambiguo

Una película sobre una familia, una película sobre un país. Una película para comprender una realidad que aunque no la sentimos, nos toca de cerca.

Corren los años de la dictadura, una pareja preocupada por la realidad, una niña pequeña que juega a las muñecas, que se divierte y aprende, un abuelo directamente relacionado con los militares. Una historia de terror más que de terrorismo de estado.
Una historia dramática más que un drama, una historia de amor, de destinos encontrados.

Cordero de Dios, el nombre de la película hace alusión a un pasaje bíblico en el que San Juan Bautista a orillas del Jordán lo proclama a Cristo como el cordero de dios, ya que representa el sacrificio que realizaban los judíos, con un cordero como ofrenda. Esto en la película funciona como una metáfora, el mismo sacrificio que hace Jesús, que da su vida por su fé, lo hace el abuelo (interpretado por Jorge Marrale) al cambiar la vida de su hija por la de su yerno.

Un secuestro mueve las letras de alguna historia que parecía estar ya escrita. Un auto es la prueba de que alguien sabe algo más. Una familia se une sin saber que quieren lograr, una historia se revuelve sin tener la receta ideal.

Leonor Balcarce es, en esta película una nieta enamorada de su abuelo, una artista, una joven vanguardista que vive en la ciudad de Buenos Aires, capturando emociones, retratando ideas, desconociendo quizás su historia que quedó fragmentada en esos difíciles años.

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Malena Solda y Mercedes Morán son la misma mujer, una en los años setenta y la otra en el dos mil cuando su padre es secuestrado. Ella, en los años de la dictadura vive con su esposo y su hija, hasta que los militares la capturan y su vida da un vuelco impresionante de trescientos sesenta grados y se muda a España, dejando a su hija sola en Buenos Aires, con la única compañía del abuelo, su temido padre.

Una actuación espectacular de Ariana Moroni, despierta una ternura indescriptible, una escena tras otra, se la escucha cantar, mirarse al espejo, peinarse, sonreir y divertirse en un mundo que cada vez más se trunca patas para arriba.

Jorge Marrale, es el abuelo, qué personaje inmodificable, ni siquiera al final se sabe bien quién es, y quién intenta hacernos creer que es. Un abuelo dulce y generoso, un padre sobreprotector y autoritario, un amigo complaciente y peligroso. Un ser de demasiadas caras que sólo puede ser interpretado por un actor de la capacidad de Marrale.

Para ver una exclusiva entrevista a Lucía Cedrón, directora de la película haz click aquí

Y sin embargo, no es otra película de la dictadura. Es una película que muestra una realidad común, una exageración, un diluvio de dolor en una familia común y corriente.

Un secuestro Express, varios llamados telefónicos, un pedido de una suma inconseguible, unos captores insensibles y una familia intentando conseguir el dinero.

Justamente, en la época del 2000 y el 2001 los secuestros Express eran moneda corriente en este país, la Argentina. La situación que enmarca la película es ésta, un secuestro es algo común, algo inmanejable, que une, que devela y desvela.

Una familia como cualquier otra, en la que los secretos abundan y estos hechos son como despertadores, alarmas, que despiertan y remueven algo que quizás había quedado escondido bajo las sábanas.

Pendientes encuentros familiares, respuestas a preguntas que nadie solicitó, un cumpleaños devenido en tragedia y un cordero sobre la cama de una niña que hoy ya es mujer.

Tiempo difíciles para un cine difícil, sigue sonando esa canción “falleció mi padre, yo estaba ausente…”, las escenas corrompen, lastiman. La mujer mira hacia su pasado, ve a su padre y se ve a sí misma, luego se ve a sí misma y se ve sin él.

Un manejo genial de los tiempos, una idea contemporánea, espectacular.
Esta táctica de correr de un tiempo al otro, de suprimir y transformar la imagen hace que la narración vaya más rápido, que las ideas que quiere transmitir el director fluyan sin límites espaciales ni temporales, sólo un devenir en el que el tiempo combinado con las risas es el mejor remedio para curar todo menos la necesidad de verdad.

Como tijeras que recortan la trama, los secuestradores avecinan con presentarse, con tener algo que ver, sin embargo, es extraño y a la vez interesante que en la película ellos no queden revelados ni expuestos, ni en sí tengan ninguna relación con la trama. Esto está dado también ya que es como una forma, del director para demostrar que el secuestro no es más que un detonante, es la situación que la trama necesita para ser narrada.

Sin el secuestro del abuelo, la madre de la nieta no volvería de España, ni reviviría el pasado feliz la nieta, ni se devendría en este ir y venir del tiempo, que es lo que finalmente termina de explicar o dar razones al argumento de la película.

Una charla en el hipódromo, un click, stand by, una pausa, un silencio, un por favor, rebobinar. Aunque las manos siguen moviéndose, no hay una voz, no se escucha a nadie hablar, el texto pierde la importancia, se enmarca en una situación, no importa qué se dice, el espectador comprende que no es necesario saber el qué, la situación indica todo lo que el qué no puede explicar.

Es una película para replantearse, cuántas cosas se ocultan tras la memoria, cuántos secretos guardamos bajo llave y cuánta basura metemos por debajo de la alfombra.
Una película para entender, como una y como cualquier familia tiene una trama, una historia, un pasado, que sólo necesita de un suceso detonante para ser narrado, vuelto y revivido.

Espectros del ayer, se cambian por estatuas e ídolos de un hoy que ha desaparecido en el tiempo. Mientras tanto alguien se sacrifica porque a nosotros, nos sea más fácil, decir…lo que aún, nadie ha escrito.

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