Crítica: ‘Mi semana con Marilyn’

Año 1956. Norma Jean Baker se ha convertido definitivamente y a los ojos del mundo en Marilyn Monroe. La actriz rubia platino no solo está en el mejor momento de su carrera, sino que además acaba de casarse con el escritor Arthur Miller. La pareja viaja a Inglaterra en plena luna de miel, país en el que ella comenzará el rodaje de una nueva comedia titulada ‘El príncipe y la corista’. Allí les esperan el director y protagonista, Laurence Olivier, junto con su esposa Vivien Leigh, la que interpretase cientos de veces al personaje de Elsie Marina en el teatro. Sin embargo Leigh cuenta ya con 43 primaveras y todo el mundo parece amar a Marilyn. O, por lo menos, sufren en el frágil equilibrio de bascular continuamente entre la desesperación y la fascinación hacia esta mujer, tan seductora como vulnerable.

mi semana con marilyn

Marilyn no pasa desapercibida en ningún sitio.

La película del debutante Simon Curtis se basa en dos libros de Colin Clark, tercer ayudante de dirección de Laurence Olivier y autor de ‘The Prince, The Showgirl and Me’ y ‘My Week with Marilyn’. Colin, que en su edad adulta llegaría a ser un reputado director de documentales y escritor (al menos, eso dicen los títulos finales) conoció a Marilyn recién salido de la universidad, cuando todavía era un niño bien de 23 años. La experiencia de Colin (Eddie Redmayne en el film) es la de un hombre que conoce a su mito erótico y a una mujer real. Y entiende que ambas cosas son parte de una misma personalidad. Ese es, en parte, el mérito de la película.

Mi semana con Marilynno existiría sin Michelle Williams. De hecho, ella es lo mejor que tiene la cinta. La personalidad contradictoria, su inseguridad, la fascinación que despierta en el público y los desmanes autodestructivos de esta actriz son asumidos por Williams, que utiliza su cuerpo como lo hacía Marilyn: de forma carnal y expresiva. Delicada, atemorizada, angustiada, feliz, insegura, histriónica, tierna, seductora, egoísta… todo eso es la Marilyn de Michelle Williams. Sin embargo, ella sola no basta para hacer que la película valga realmente la pena. Y es que ese vehículo para su lucimiento personal que es ‘Mi semana con Marilyn’ hubiese salido ganando de haber tenido en cuenta el potencial del resto del reparto.

El espectador puede que quede con ganas de saber más, de conocer mejor a ciertos personajes. Pero no con el ánimo de descubrir pasajes truculentos de la vida de la actriz, sino con el objetivo de poder asistir a las contradicciones de Arthur Miller (Dougray Scott), Laurence Olivier (Kenneth Branagh) o Vivien Leigh (Julia Ormond), en el film caracteres lineales, pero en la vida real personas poliédricas e igual de fascinantes que la propia Marilyn. En un momento del film Olivier aconseja al joven Clark algo de lo que no hace gala la película de Simon Curtis: «No tienes por qué salvarla«. Efectivamente, Colin no tenía por qué salvar a Monroe de sus propias miseras, del mismo modo que el director tampoco tenía por qué salvar la ya de por si solvente interpretación de su actriz principal en detrimento del resto del reparto, todos excelentes. Eso sí, dejando de lado a una agradable pero innecesaria Emma Watson en el papel de ayudante de vestuario.

En definitiva, los pecados de ‘Mi semana con Marilyn’ son varios y graves. Como si su director hubiese querido hacer una obra simpática y alejada del biopic puro y duro (apuesta loable, por otro lado) pero lo hubiese hecho sacrificando la emoción y la profundización en unos personajes que por otro lado se intuyen atractivos y solventes, pero que en el film quedan en agua de borrajas. Una película que podría haber resultado turbadora, emocionante, atormentada… pero que se vuelve ante nuestros ojos naïf y de color de rosa. Siempre cabe la posibilidad de que fuese esto y no otra cosa lo que se pretendía conseguir con ‘Mi semana con Marilyn’.

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