Crítica: Canino

Crítica: Canino

Título: Canino
Título original: Kynodontas
Director: Yorgos Lanthimos
Duración: 100 minutos
Fecha de estreno: 14 de mayo
Intérpretes: Christos Stergioglou, Michelle Valley, Aggeliki Papoulia, Mary Tsoni
Canino, tráiler español de una rompedora película griega
¿Debo ir a verla? ★★★★☆ Desconcertante e inteligente película sujeta a múltiples interpretaciones

Riesgo es la palabra que podría resumir una película como Canino. Sólo de esta manera puede definirse un filme donde no hay personajes con los que uno pueda identificarse, ni un intento de ganarse al espectador a toda costa. En algún momento podemos pensar que es una cinta kamikaze dispuesta a desarmar nuestras expectativas sin darnos ningún tipo de asidero al que agarrarnos. El largometraje de Yorgos Lanthimos nos adentra en un universo familiar extraño en el que puede ocurrir cualquier cosa por absurda que pueda parecer. No nos encontramos ante una cinta que pretenda ser realista. Más bien estamos ante una peculiar alegoría del poder absoluto y de los efectos que conlleva sobre aquellos que tienen que sufrirlo.

El director griego nos adentra en la existencia de un clan donde los padres someten a un férreo control a sus hijos. Los muros de un hermoso chalet son  los límites de un universo propio que se rige por unas leyes muy peculiares. En este curioso mundo, los vástagos reciben toda la información del exterior a través del filtro de unos progenitores poco convencionales. Los castigos y las órdenes de estos padres, en algunos casos ridículos, no pueden ser cuestionados por unos hijos que no disponen de referencias externas para poder comparar. ¿Qué es lo que ha pretendido el realizador con esta historia? ¿Advertirnos de los peligros de los regímenes autoritarios, donde los gobernantes tratan a sus súbditos como menores de edad? ¿Hacer un alegato contra el excesivo proteccionismo de ciertos padres con sus hijos? Ambas y alguna más pueden ser las interpretaciones de este extrañísimo filme. Es quizá en esta habilidad para la sugerencia y la polisemia donde reside uno de los principales atractivos de la película.

Lanthimos nos muestra un peculiar microcosmos en el que  todo gira entorno a la figura del padre. Él es el que determina los encuentros sexuales del hijo varón con la única persona del exterior a la que está permitido el acceso, el que realiza peculiares traducciones de canciones de Frank Sinatra, y el que decide qué es aceptable. Muchos de sus actos pueden parecer absurdos a los espectadores, pero no son más que un símbolo de las decisiones irracionales e injustas que suelen presidir los actos de regímenes dictatoriales o los de ciertas figuras paternales en estados claramente autárquicos. Como en muchos de estos casos, la figura del padre o caudillo es casi una deidad a la que nunca se cuestiona y a la que se debe obedecer sin ningún tipo de resistencia.

Yorgos Lanthimos nos sirve esta peculiar parábola con un ritmo deliberadamente reposado y un humor verdaderamente bizarro que puede no ser del gusto de aquellos espectadores amantes del cine más convencional. Su puesta en escena ascética y nada exhibicionista tiene como único propósito no molestar a la hora de que apreciemos el extraño universo de una casa donde las margaritas son zombis y a las lámparas se las denomina vaginas. En resumen, una película insólita que exige una cierta apertura de mente y un gusto por el riesgo similiar al de su joven y talentoso director.

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