Crítica: Cosmopolis

El estilo perturbador y las obsesiones de Cronenberg se adaptan como un guante a la profética novela de Don DeLillo, dando como resultado una obra conceptual y fascinante.

Robert Pattinson en 'Cosmopolis'

No es casualidad que Cosmopolis se inicie con la elaboración artificial durante los títulos de crédito de lo que parece un cuadro de Jackson Pollock. Si este pintor basaba su arte en el gesto furioso como motor de la expresión última de su desgarro existencial, dando lugar a obras en apariencia indescifrables pero llenas de fuerza y expresividad, David Cronenberg también ha decidido recurrir a la abstracción para alimentar su nueva obra, que no está hecha para ser consumida con ligereza, lo que no quiere decir que no sea una de las más fascinantes de su carrera.

En este trayecto de la furia de Pollock a la espiritualidad de Rothko, cuyos lienzos, objeto de deseo del protagonista, cierran el film, casi todo parece ajeno a cualquier lógica realista: el absurdo viaje del billonario en su limusina hasta una peluquería no es más que un símbolo, una construcción icónica que sirve para desplegar un discurso sobre el desplome de la época capitalista. Todo en Cosmopolis está bañado de abstracción, desde la estructura basada en los encuentros del bróker con una serie de singulares personajes hasta los propios diálogos que mantiene con estos, auténtico eje de atracción sobre el que gravita la película, como también sucedía en ‘Un método peligroso’, solo que en esta ocasión, repito, se ha perdido voluntariamente casi toda noción convencional de argumento.

Consciente de la complejidad conceptual que supone el material que maneja, Cronenberg propone una puesta en escena muy sencilla en apariencia. La compensación entre esta escasez de aparatosidad formal y la exigencia de los diálogos es lo que permite que se sostenga la adaptación de la novela de Don DeLillo, cuya capacidad profética es digna de elogio: el genial escritor planteó esta parábola apocalíptica hace casi una década, cuando aún vivíamos en la abundancia y las garras del sistema no habían rasgado tantas ilusiones. La devoción hacia el original literario lleva a Cronenberg a realizar una adaptación fiel, suprimiendo algunas partes difíciles de adaptar y modificando otras (la secuencia de la discoteca o del entierro del rapero, por ejemplo, pierden buena parte de su fuerza).

De todas formas, sería una falta de lucidez no señalar las obsesiones claramente cronenbergianas que pueblan la historia. El componente tecnológico está en las pantallas de la limusina, que señalan el fin de una era, o en el mecanismo de activación del arma que termina resultando decisiva. El apetito sexual y el deseo de morir, los rasgos que humanizan al protagonista (junto a su próstata asimétrica, o cómo el cuerpo siempre se convierte en materia central del autor), nos remiten a obras como ‘Crash’ o ‘Una historia de violencia’. Es ahí donde se abre en el film una ventana a la realidad que conocemos, algo que Cronenberg subraya en su planificación, mediante primeros planos que recogen las reacciones de un excelente Robert Pattinson a los desplantes de su esposa de conveniencia, o en esa perturbadora parte final, en la que el cineasta se suelta la melena y revela su asombrosa capacidad para describir ambientes opresivos, poniendo en manos de un exaltado Paul Giamatti el ritual con el que esta fascinante obra capital está condenada a terminar desde que empieza. Perdida toda esperanza, tal vez haya llegado la hora de que el cine se aleje de la realidad  inmediata para capturar su verdadera esencia.

Titulo: Cosmopolis
Director: David Cronenberg
Duración: 104 minutos
Fecha de estreno: 11 de octubre
Intérpretes: Robert Pattinson, Paul Giamatti, Jay Baruchel, Kevin Durand, Samantha Morton, Juliette Bincohe, Mathieu Amalric.
Cosmopolis, tráiler en español
¿Debo ir a verla? ★★★★☆

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