Crítica: Death Race. La carrera de la muerte

Death Race, poster 2

Título original: Death Race
Director: Paul W. S. Anderson
Género: acción, ciencia ficción
Duración: 105 minutos
Intérpretes: Jason Statham, Joan Allen, Ian McShane, Natalie Martinez
Estreno: 3 de octubre
Trailer: Death Race. La carrera de la muerte
¿Debo ir a verla? ★★½☆☆ Es justo lo que esperábamos, ni más ni menos.

Lejos de mí pronosticar la muerte del cine de entretenimiento hecho con buen gusto a raíz de Death Race. La cinta de Paul W. S. Anderson da lo que promete, y por cierto, lo da algo mejor que anteriores películas de su director, o que otras dirigidas al mismo público. Ocurre todo lo que tiene que pasar y cuando más o menos debe, y ya. Pero es fácil detectar un hecho sin discusión, que afecta al momento de transición que se está viviendo dentro de este tipo de relatos. Trato de explicar la reflexión.

Hace un par de décadas, un film como Death Race podría haber estado dirigido por John Carpenter, realizador que utilizaba géneros populares como el terror y la acción para codificar homenajes sin par a géneros como el western, remojando el conjunto en subversión y con una pureza cinematográfica que trascendía el mero pastiche. Cuando acertaba, lo hacía de veras. Ahora, tenemos cineastas como Paul Anderson, que en vez de poner sus miras donde el anterior, lo hacen en los cada vez más avanzados videojuegos, que desde hace un tiempo ya se embolsan más beneficios que las películas. Nadie puede dejar pasar este dato.

Y eso es lo que es Death Race. La carrera de la muerte, cinta rematadamente entretenida, divertida en ocasiones, pero finalmente mediocre en sus resultados -la falta de pretensiones nunca ha sido una excusa a la hora de valorar lo que finalmente llega al público-. Remake de una producida por Roger Corman, con todo lo que ello implica, la coyuntura en la que se insertan este tipo de historias ya no es la de la serie B pobre pero con mala leche, sino en una suerte de transición entre la narrativa cinematográfica y la videojueguil, con una estructura dividida en fases que se inspiran en un más dificil todavía, y unos interludios -casi intros de videojuegos- repletos de frases sentenciosas y machotas, recitadas por unos actores que parece que han nacido para poner cara a personajes de una pieza (como los que suele interpretar con tanta seguridad Jason Statham).

 No hay lugar para los dobles sentidos ni para el componente social en la distopia futurista, pero Anderson, también autor del guión, sí podria haber volcado a cambio más ironía e ingenio en el diseño de los personajes y en sus diálogos. Todo ello no quita para que Death Race sí tenga el encanto del espectáculo de serie B macarra y bruto, bien filmado y repleto de choques, carreras y muertes gore. Abstenerse los que denosten el montaje picado de Michael Bay y advenedizos. Además, al igual que Doomsday de Neil Marshall, pero con algo menos de sofisticación en sus maneras, Anderson muestra un indudable talento para aprovechar un limitado presupuesto para urdir un producto de una factura visual extraordinaria, empaquetado y dirigido a una audiencia escogida (de la que, no lo duden, formo parte: Wanted me parece un pequeño hito en su género, de esos que fagocitan a sus precedentes con gallardía y fuerza).

Pero he aquí que Death Race desaprovecha elementos que parecen estar latentes y enterrados bajo la enfermiza búsqueda de velocidad: así, apenas se apunta la indudable química sexual entre la malvada Joan Allen y el protagonista, y en su lugar se nos prefiere mostrar caminando a cámara lenta a la preciosa Natalie Martinez con una canción hip hop de fondo, durante dos o tres ocasiones a lo largo del ajustado metraje. Pues eso, signo de los tiempos: el día en que alguien se atreva a formular un espectáculo cinematográfico que aúne como Dios manda la mitología de los videojuegos y la del cine, seré el primero en aplaudirlo.

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