Crítica: Dewey Cox, una vida larga y dura

Poster de Dewey Cox

Como ficticio biopic que se chotea no ya del propio género en su totalidad (con sus variantes musicales En la cuerda floja o Ray en particular) sino de la toda la épica sentimental norteamericana de las grandes vidas, el film de Jake Kasdan, hijo de Lawrence, viene bajo el amparo de Judd Apatow. Ambos escriben el guión, a modo de prolongación de su colaboración mutua en la serie efímera y excelente Freeks and Geeks, y triunfan al servirse de un voluntarioso John C. Reilly, que pone tantos recursos retratando papeles dramáticos como el de Las Horas como apuntándose al carro de la comedia burra (la reivindicable Pasado de vueltas). Su labor resulta, simplemente, admirable.

Es Reilly precisamente el que eleva el nivel general de Dewey Cox, de otra manera una pasable comedia acerca de una fictica estrella del country y del rock, a niveles de calidad realmente aceptables. Estrenada en España directamente en DVD, el film se hubiera, sin duda, merecido una suerte similiar a Supersalidos y Lío embarazoso, los tres films que en 2007 definieron el triunfal podio del tan industrioso como fresco -hasta ahora- Judd Apatow (pinchad en el apellido). Su limitado alcance en las salas de todo el mundo le garantizan una trayectoria de lo más fructífera como título de culto. El parecido del poster de arriba con el de The Doors ya nos marca el camino de Dewey…

Dewey Cox es un joven que vive en una idílica localidad de Alabama. Su vida transcurre a la sombra de su hermano hasta que, accidentalmente, le corta en dos con una sierra (¡!). Rechazado por su padre y con el único refugio de su innato talento musical recién descubierto (en una hilarante escena junto a unos ancianos negros), Dewey abandona a los 15 años el hogar paterno (siendo interpretado aquí ya por Reilly…) y se embarca en la aventura de su vida, repleta de éxito, drogas, mujeres, música y toda la épica del sueño americano.

Lo que hace atractivo el film de Kasdan es que su sentido del humor, nada sutil casi siempre, sí otorga momentos para la reflexión acerca de la realidad y la ficción al tratar como real un personaje ficticio. Pero es que, además, la parodia (siempre presente) nunca sobrepasa los niveles de verosimilitud necesarios, y por eso mismo sus personajes están vivos en casi todo momento. Dewey pasa, de esa manera, por todas las etapas estipuladas en el canon de los triunfitos talentosos estrellados en su vida privada, y dibuja un arco de lo más correctito en cuando a la evolución del personaje. No se nos escatima el choteo de sus etapas más dramáticas, y de hecho se enfatiza su aspecto trágico para regocijo de la propia comedia (como ese memorable montaje de Dewey cayendo en todo tipo de drogas tras su ruptura con Darlene, o arrancando los lavabos de todo servicio público existente).

Todo ello está elaborado, además, sin caer en los temibles excesos de sentimentalismo de la comedia familiar norteamericana, más al contrario: sin cargar las tintas en el sexo y las tetas -que las hay: atención a la tronchante orgía-, Dewey Cox resulta al final un film con cierto sentimiento y vida, debido al mencionado peso otorgado a su personaje principal.

Pero lo mejor es el divertido paseo por treinta años de música y drogas: desde Elvis Presley hasta unos Beatles interpretados por Jason Swartzman, Justin Long, Jack Black y Paul Rudd. pasando por Buddy Holly (Frankie Muniz: ¡ja!), desde los porros hasta el LSD, la trayectoria de Dewey por la cultura popular del país es realizada por sus responsables con certera ironía. Y por cierto, las canciones no están nada mal: Reilly, que utiliza su voz real, resulta un intérprete notable en todas ellas. Lo dicho, un pequeño descubrimiento y una comedia de lo más recomendable.

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