Crítica: ‘El corredor del laberinto’

‘El corredor del laberinto’ es el nuevo éxito de la literatura juvenil reconvertido en relativo taquillazo.

el corredor del laberinto

El Corredor del Laberinto no se libra del todo de las sombras que afectan a casi todas las adaptaciones de best-sellers juveniles, pero añade algunos puntos de interés que sí refuerzan sus argumentos. La primera de las traslaciones al cine de la saga literaria de James Dashner -no será la única, a tenor de sus correctos casi 30 millones de entrada en la taquilla de EEUU, casi los mismos que su ajustado presupuesto- quiere parecerse más a ‘Los Juegos del Hambre’, si bien con un héroe masculino y una estructura distinta, que a la saga Crepúsculo o incluso Harry Potter, sin duda las películas que comenzaron esto e indicaron el camino del relativo filón industrial. Y eso significa una apuesta decidida por la aventura y el drama, si bien teñido todo de motivaciones propias del cine adolescente.

Y eso, en estos tiempos que corren, equivale a una serie de características. Lejos de la jovialidad y el espíritu del cine juvenil de décadas pasadas, de su relativo optimismo, el nuevo género destaca por su seriedad y afán trascendente, presentando héroes en un contexto confuso a quienes incluso -como es el caso- se les ha robado la identidad, el nombre y hasta los recuerdos. Un laberinto que también es una metáfora y una prueba, un prólogo para algo mayor, evidenciando la simbología del camino del héroe de Campbell hasta extremos evidentes. Eso, y las motivaciones propias del cine para jóvenes, con toda su carga de inseguridad y búsqueda de identidad, redondean una fórmula aglutinada aquí como si de una versión suavizada, pero no depurada, de ‘El señor de las moscas’ se tratase.

A todo ello ‘El corredor del laberinto’ añade una apuesta decidida por la atmósfera y cierto suspense (al menos en su primera mitad, la mejor de todas) que le da cierto sabor a cinta de terror de serie B, y también la aventura, que sucede en cada una de las incursiones en el dichoso laberinto, y que recuerdan en su puesta en escena a cada uno de los ataques de ‘Parque Jurásico’. Eso, y la extirpación del relato de todo romance, aunque ello suponga sacrificar la psicología de sus protagonistas (y sobre todo de la pobre Kaya Scodelario,) son las claves de una película amena y rápida, que sabe crear ciertas expectativas… que finalmente no satisface del todo. Las revelaciones finales aproximan el relato a esa estructura de muñecas rusas que tan bien diseñó Damon Lindelof para la trascendental serie ‘Perdidos’, pero al igual que en aquella -pero sin su peso dramático o emoción- las respuestas que nos ofrece no destacan por su originalidad. La misma apuesta de ‘Los juegos del hambre’, que a una escala de momento más modesta, ha vuelto a funcionar.

Antes habíamos señalado “prólogo” para definir el propio laberinto, sin duda el personaje con más peso de toda la película. Y ese es uno de los principales defectos del debut de Wes Ball, que más parece un primer bocado donde sus responsables no han puesto toda la carne el asador, con vistas a desarrollar más el panorama para futuras entregas “bigger and better”.

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