Crítica: El ilusionista

Título: El ilusionista
Título original: L’illusionniste
Director: Sylvain Chomet
Género: Animación
Duración: 80 minutos
Fecha de estreno: 7 de octubre de 2011
Tráiler de El Ilusionista
¿Debo ir a verla? ★★★★☆ Sensible y melancólico homenaje al gran Jacques Tati.

El director  Sylvain Chomet demostró con ‘Bienvenidos a Belleville’, su anterior largometraje, que los recursos expresivos  de las películas mudas seguían vigentes en el siglo XXI. El espíritu de Charles Chaplin, Buster Keaton y del más avezado discípulo de ambos, el gran Jacques Tati, sobrevolaba sobre un largometraje estilizado y poético que asombró a la crítica internacional. No extraña, por tanto, que Chomet haya sido el encargado de llevar a la pantalla ‘El ilusionista’, un viejo guion del responsable de ‘Las vacaciones de Monsieur Hulot’.

El realizador francés respeta el estilo de Tati, donde la mímica está siempre por encima de los escasos diálogos, para añadirle su estilizada visión de la animación en dos dimensiones. En este sentido, podríamos hablar de un peculiar híbrido entre homenaje al maestro y película netamente personal.

El ilusionista  sigue los pasos de un mago que vive horas bajas. Sus viejos trucos ya no sorprenden en una sociedad donde los conciertos de rock se han convertido en la gran atracción para los jóvenes.  Obligado a viajar de un lugar a otro para poder ganarse la vida, el prestidigitador recala en un pequeño pueblo escocés. Allí triunfa con su número habitual entre unos lugareños que siguen anclados en el pasado. Una de ellos, una joven que trabaja en el hostal donde se aloja el ilusionista, quedará especialmente asombrada con las habilidades del mago. Deseosa de cambiar de vida, la chica se marchará con él a Edimburgo. Entre ambos nacerá un peculiar afecto.

Melancólica y crepuscular mirada sobre el paso del tiempo y el fin de los espectáculos de variedades, El ilusionista es una película verdaderamente singular donde los sonidos y la magnífica partitura del propio Chomet sustituyen a las palabras. La mímica, como en las películas mudas, es la gran protagonista de un relato que no necesita del lenguaje hablado para emocionar. A ello contribuyen un espléndido diseño de personajes -donde destaca un ilusionista que es la viva imagen de Jacques Tati- y una magnífica recreación del Edimburgo de los años sesenta. En definitiva, una verdadera joya especialmente recomendable para cinéfilos con buen gusto.

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