Crítica: El último exorcismo

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Título: El último exorcismo
Título original: The Last exorcism
Director: Daniel Stamm
Duración: 87 minutos
Género: terror
Fecha de estreno en España: 6 de mayo
Intérpretes: Patrick Fabian, Ashley Bell, Iris Bahr, Louis Herthum, Caleb Landry Jones, Tony Bentley, Shanna Forresta
El último exorcismo, trailer español
¿Debo ir a verla? ★★★½☆ Estupendo filme de posesiones que es, a la vez, un análisis de la sociedad estadounidense actual.

A primera vista, El último exorcismo puede parecer un cruce entre las cintas de terror con forma de falso documental , en la línea de ‘El proyecto de la Bruja de Blair’ y ‘Paranormal Activity’,  y las típicas películas de posesiones demoníacas. Algo de ello hay en la segunda película de Daniel Stamm, aunque existe también otro elemento: un cierto tono crítico con la sociedad en el que tiene lugar la acción.

A través de la historia de un equipo de televisión que sigue a un exorcista descreído que va a realizar un último trabajito en la denominada América Profunda, Huck Botko y Andrew Gurland, guionistas del filme, desarrollan una trama que no sólo nos habla de la posible existencia del diablo, sino del enfrentamiento entre el fundamentalismo de gran parte de la población del Cinturón de la Biblia y el excesivo esceptisimo de los ciudadanos demócratas. La película nunca lo hace de manera expresa, aunque sí a través de los personajes. Cotton Marcus, el exorcista un tanto incrédulo y el equipo de filmación representan la modernidad, mientras que la chica poseída y su familia son los símbolos de esos Estados Unidos defensores de la más rancia tradición.

Los responsables del filme parecen dar estopa a los dos bandos. Las falsas prácticas de exorcismo que realiza Marcus demuestran la superioridad con la que muchos demócratas tratan a las fasciones más rancias de la población republicana. Por otra parte, las maneras, llenas de superstición y violencia de la familia de rednecks que tiene en su seno a la adolescente endemoniada, son evidentemente reprochables.

Con mucha ironía y sin ningún subrayado, Stamm sabe sacar provecho de la cámara en mano y el tono de falso documental del filme. También consigue que la película respire cierto verismo gracias a la estupenda labor de los actores, especialmente de un soberbio Patrick Fabian, como el incrédulo exorcista. Lástima que un final extremadamente precipitado y fallero reste enteros a esta notable película de terror político.

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