Crítica: Holy Motors

Una bofetada para los que no se cansan de repetir la inmensa tontería de que «en el cine ya está todo inventado». Imprescindible para los que disfrutan de ‘2001’ o ‘Uncle Bonmee recuerda sus vidas pasadas’.

Denis Lavant, Monsieur Oscar en 'Holy Motors'

Parte de la labor del crítico de cine es darle una explicación al lector/espectador sobre el sentido de la obra cinematográfica de la que escribe. En el caso de una creación libérrima como Holy Motors, tan poco propicia a la etiquetación de ningún tipo (por suerte, el término “arte y ensayo” pasó a mejor vida), este tipo de aclaraciones deben ser tomadas como sugerencias y no como verdades indiscutibles. Lo cierto es que así debería ser más a menudo, pero parece que tanto críticos como lectores se sienten más cómodos en el país de las certezas y además, tampoco nos engañemos, lo que propone Leos Carax en su retorno al largometraje genera una fascinación poco corriente.

La imagen que abre Holy Motors es precinematográfica, lo que podría contradecir la (supuesta) naturaleza revolucionaria de la película. O todo lo contrario. Una de las cronofotagrafías de Marey, la forma más básica de imagen en movimiento, ejerce de botón de reseteo en la mente del espectador. Volvemos al «punto cero» antes de despertar con el propio Carax en una inquietante habitación de hotel. Desde ahí accede a una sala de cine en la que los espectadores están dormidos y son amenazados por unas bestias. El autor podría estar hablando de la mala salud de los que ocupan las butacas actualmente, del escaso deseo que tienen de ser sorprendidos. “La belleza está en la mirada”, oiremos más adelante. No se trata por tanto de despertar del sueño, sino de despertar dentro del sueño, de que el subconsciente recicle los referentes de la vigilia con la absoluta libertad que generalmente se le niega cuando de hacer películas se trata.

Tras la introducción, Holy Motors entra en una dinámica narrativa que va a mantener a su modo hasta el final: Monsieur Oscar, interpretado por Denis Lavant, viaja en una limusina acudiendo a una serie de citas. En cada una de ellas, interpreta a un personaje diferente, aunque en algunas ocasiones su “actuación” pasa a tener consecuencias reales. O eso parece. En cualquier caso, no hay aburridas normas. Son diez, según mis cuentas, las vidas que recrea, además de la del propio Oscar: una anciana mendiga, un modelo para la captura de movimientos de un videojuego, una bestia mugrienta que vive en las cloacas, un padre que recoge a su hija adolescente de una fiesta y la abronca, un músico (en “el intermedio”, según informa el propio film), un mafioso que debe asesinar a alguien con su mismo rostro, un anciano moribundo, un antisistema que mata a un banquero, un antiguo amor de una colega de profesión y un padre de familia, personalidad que repite al principio y al final, aunque en el desenlace sus parientes son de lo más peculiares.

Este singular trayecto permite a Carax ejercer de camaleón, disfrazando la forma de su película con claves genéricas distintas según requiera la situación. Holy Motors oscila vertiginosamente del realismo a la ciencia ficción, de la melancolía del romance fallido a la oscuridad del thriller, sin dejar de ser arrebatadora por su constante capacidad de sorpresa. Carax toma referentes de cualquier parte (de Miguel Ángel a los videojuegos, pasando por Franju, Lynch, ‘El planeta de los simios’ o su propia filmografía), encajándolos con estremecedor talento y un gusto por la frivolidad que se agradece cuando hasta las películas sobre tipos con mallas y espías ligones se han vuelto tan serias. ¿Es una tontería ver a un puñado de coches hablando sobre su complicado futuro laboral antes de irse a dormir? No lo sé, pero esa no es la pregunta ni el problema, cuando hay tantos que sostienen que en esto de las películas ya está todo inventado. Lo dicho, “la belleza está en la mirada”.

Titulo: Holy Motors
Director: Leos Carax
Duración: 115 minutos
Género: Varios
Fecha de estreno: 16 de noviembre
Intérpretes: Denis Lavant, Edith Scott, Kylie Minogue, Michel Piccoli, Eva Mendes.
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