Crítica: John Rambo

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Título original: Rambo
Director y guionista: Sylvester Stallone
Género: acción
Duración: 90 min.
País: EEUU
Intérpretes: Sylvester Stallone, Julie Benz, Matthew Marsden, Rey Gallegos
Estreno: 1 de febrero de 2008

Dejando de lado las evidentes muestras de cansancio creativo del revival reciente de mitos de los 80, Stallone se merecía una despedida de un personaje que le pertenece. Tras llevar a Rocky Balboa a lo alto de las taquillas en un movimiento inesperado, lo cierto es que muchos esperábamos John Rambo con una mezcla de simpatía y prudencia.

Rambo vive en su retiro tailandés solo y aislado de un mundo que rechaza. Sólo cuando uno grupo de misioneros católicos es capturado en las selvas por milicianos, Rambo decide salir de su escondite para evitar la masacre (y provocar otra), saciando así la sed de sangre de un guerrero que debe asumir que su lugar en el mundo es ese.

Vaya por delante que John Rambo no es una buena película, pero este resultón, entretenido y salvaje film de acción es tan directo, breve y sobre todo, violento, que la pericia de Stallone manejando los escasos resortes del producto lo vuelven tremendamente efectivo. Es precisamente eso, su relativa habilidad en ciertas escenas, lo que convierte al guión de John Rambo (tan justito en personajes que hace que se echen de menos los malvados de las anteriores, lo que provoca que el film carezca de un final o climax como es debido), en un artefacto que le sirve a Stallone para realzar las raíces míticas del personaje, subrayadas con fosforíto en el mejor estilo de su creador.

Especiamente destacables son todas las escenas de acción, como el rescate de los misioneros mientras los milicianos se divierten con otras tantas mujeres, el brutal momento final de Rambo con la ametralladora -subrayo: brutal-, o el de la explosión de la bomba de la Guerra Mundial, donde Rambo vierte todas sus ideas en deforestación selvática.

Así que la trasnochada épica de un héroe casi apagado revelan el conocimiento casi autobiográfico de Stallone hacia un personaje que le pertenece, que es suyo y que supone uno de sus legados. Dejando de lado el voto de confianza o la burla de sectores determinados de público y crítica, este espectaculito -facturado con menos millones de los que pudiera parecer- tiene habilidad y fuerza necesarias para ganarse las simpatías y el aprecio de un público predispuesto a saber ver.

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