Crítica: La vida de los peces

La vida de los peces

Título: La vida de los peces
Director: Matías Bize
Fecha de estreno en España: 1 de abril
Duración: 84 minutos
Intérpretes: Santiago Cabrera, Blanca Lewin
Traíler: La vida de los peces
¿Debo ir a verla? ★★★★☆ De lo mejor que se ha estrenado en muchos meses. Un precioso ejercicio de profunda melancolía.

La vida de Andrés es como la de los que están en la pecera. Se mueve constantemente pero sin demasiado sentido. Se ha convertido en un turista de profesión y de su propia vida. Con la memoria también tiene problemas, y en los 80 minutos que pasan entre su anuncio de que va a abandonar la fiesta de cumpleaños de un viejo amigo hasta que finalmente lo hace va a tratar de solucionarlos, aunque a las heridas, como escribió un famoso cantante argentino, “mejor dejarlas sangrar”.

El viaje del protagonista tiene una doble vertiente. Es por un lado un recorrido muy físico: la cámara no lo abandona prácticamente ni un segundo, transcurriendo la película en tiempo casi real. En este sentido, se asemeja a una excursión turística con explicaciones por el hipotético museo de la vida del joven. Pero hay también mucho de viaje mental en el hecho de que los diálogos que construyen el relato sean como compartimentos estanco, que jamás se interrumpen (con la excepción del que entabla con la anciana) ni se mezclan con otros. La secuenciación está organizada de tal manera que podría ser perfectamente un trazado imaginario y esquemático por el pasado de Andrés.

Este componente onírico se justifica además en la puesta en escena de Matías Bize, que ya filmó lo que básicamente era una conversación en En la cama (el film en que se inspiró Medem para su Habitación en Roma). En esta ocasión incorpora juegos y adornos lumínicos de inspiración asiática (recuerdan, principalmente, al cine de Wong Kar-Wai) y vocación metafórica. A ello hay que añadir el papel omnipresente de la música, usada sin ningún tipo de pudor con el objetivo de derretir el ánimo del espectador. En la fiesta de cumpleaños llega a aparecer una banda de pop, que suena como si estuviera tocando en el mejor de los auditorios.

Podemos afirmas por tanto que La vida de los peces no forma parte de ese cine que persigue la realidad, sino de aquel que busca las sensaciones, en este caso manifiestamente melancólicas. Bize no se ha arrugado a la hora de llevar sus recursos formales hasta el último extremo, y con su conocida capacidad para trabajar los diálogos a todos los niveles (escritura, dirección de actores y filmación), ha parido una de las películas más hermosas y memorables de los últimos tiempos.

En Notas de Cine | Tráiler de La vida de los peces |

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