Crítica: ‘Magia a la luz de la luna’

Woody Allen vuelve a su cita anula con su público con una irresistible comedia protagonizada por Colin Firth y Emma Stone

magia a la luz de la luna
Se ha repetido hasta la saciedad a propósito del estreno de Magia a la luz de la luna que esta es una de esas obras menores dentro de ese corpus de más de cuarenta películas que constituyen la filmografía de Woody Allen hasta la fecha. Dicha afirmación no tiene en cuenta que el neoyorkino hace muchos años que apartó la ambición de su obra. Tras buscar en los caminos intricados de la modernidad durante los 90 y realizar una desesperada trilogía sobre la crisis creativa (‘Desmontando a Harry’, ‘Celebrity’, ‘Acordes y desacuerdos’), Allen relajó de forma evidente sus pretensiones con ‘Granujas de medio pelo’, y partir de ahí ha consolidado una etapa de madurez que se caracteriza tanto en la construcción del guión como de la puesta en escena por ser directa y sencilla.

Se ha entendido en algunas ocasiones (‘Match Point’, ‘Midnight in Paris’) mejor que en otras (‘Si la cosa funciona’, ‘Conocerás al hombre de tus sueños’) a este Allen cuyo trabajo creativo tiene tanto de actitud vital, de gesto, como de método de supervivencia. Sus fieles odiarían un año sin ninguna película suya, pero apuesto a que él mismo lo pasaría mucho peor. Dado que para él la relajación es incompatible con el mismo hecho de existir, Allen ha decidido al menos aceptar su rol en este mundo, por el que muchos los consideran «un orgullo para su raza», como repetía sin parar el mago al que encarnó en ‘Scoop’: el de contador de historias que reflejen las emociones y miserias humanas al tiempo que sirven de ingenioso divertimento y expresión artística.

En ese contexto, Magia a la luz de la luna no dista en exceso de buena parte de sus creaciones más recientes, pese a su ambientación en la Europa del periodo de entreguerras, inédita hasta la fecha en su carrera y que le ayuda a entregar una comedia de bella factura, que remite sin ocultarlo (para eso Allen nunca ha sido escrupuloso) al cine de otros tiempos. La figura del profesional de los trucos apegado hasta la médula a lo racional, que trata de desenmascarar a una atractiva médium, le sirve al director de ‘Manhattan’ para retomar constantes temáticas en su obra, como la lucha, perdida de antemano, contra los instintos; las ridículas convenciones sociales del mundo contemporáneo, y más en concreto de la alta sociedad; o el propio ilusionismo, que le obsesiona desde su infancia y que forma parte de la naturaleza misma del arte que ahora practica, el cine.

Allen no introduce ideas nuevas sino matices sobre aquellas con las que ya estamos plenamente familiarizados a estas alturas. Lo contrario sería traicionarse o engañarse y no se le puede condenar por no hacerlo ni por no retomar la experimentación de otras épocas. Tampoco por el hecho de que la cinta pueda resultar algo reiterativa y charlatana (el número de líneas de diálogo recitadas por Colin Firth es interminable). Por encima de todo ello lo que queda y quedará es una encantadora y colorista peripecia romántica, otro regalo más de un tipo de Brooklyn que lleva más de cuatro décadas no solo haciéndonos felices. También mejores personas.

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