Crítica: Magnolia

Título original: Magnolia
Directores: Paul Thomas Anderson
Guión: Paul Thomas Anderson
Género: Drama
Duración: 188 minutos
Año: 1999
Intérpretes: Julianne Moore, Tom Cruise, William H. Macy, Philip Seymour Hoffman, John C. Reilly, Luis Guzmán.
Canciones: Jon Brion. Canciones, Aimee Mann

No debe ser contemplado como dato menor que una película como Magnolia tenga en uno de sus personajes medulares a un ex sabelotodo, cuya réplica de trivial ante cualquier cuestión le aleje paradójicamente de la respuesta para la felicidad; en el fondo Paul Thomas Anderson sería exactamente eso, un niño prodigio que postula con insólita clarividencia una formulación sobre la disfuncional –dolorosa, por tanto- manera en la que asumimos el amor, pero que es incapaz a su vez de darnos la solución correcta. Una cuestión que es condesada desgarradoramente por el personaje de Julianne Moore cuando clama, tras visitar a su octogenario marido colocado a un paso de la muerte, que mientras él quiere pastillas, ella lo que necesita son respuestas. Todos los personajes de Magnolia están marcados por ese mismo síntoma, son pétalos múltiples pero únicos de una flor de inabarcable, venenosa y tormentosa belleza.

Podría considerarse que esta Magnolia es la enunciación postmoderna del Vidas cruzadas de Robert Altman, la comparación es simplista, pero no menor: de la misma manera que Altman engarzaba múltiples historias para que luego la fuerza de una tempestad las sacudiera y recolocara según azaroso capricho de una fuerza casi divina, Anderson recurre aquí a un imaginario similar, aunque mucho más alucinado, una lluvia de ranas que irrumpe cual tormenta de San Francisco sobre los protagonistas en el punto álgido de su noche. Quizás haya que entender esta plaga bíblica más allá de su naturaleza insólita, como un lógico trasvase entre la microépica de las pequeñas historias y la macroépica. 2 variantes en el fondo del mismo relato, diferenciadas tan sólo por un tema de óptica.

Anderson nos explica que aprender a amar correctamente es algo tan sumamente improbable como que un sapo te caiga del cielo, pero lo que mantiene el pronóstico meteorológico del día siguiente como reservado, es que precisamente que sea difícil, es lo que también lo hace…. posible.

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