Crítica: Malditos Bastardos

Malditos Bastardos

Título: Malditos Bastardos
Título Original: Inglorious Basterds
Director: Quentin Tarantino
Género: inclasificable
Duración 153 minutos
Fecha de estreno en España: 18 de septiembre
Intérpretes: Brad Pitt, Christoph Waltz, Mélanie Laurent, Diane Kruger, Eli Roth, Michael Fassbender, Daniel Brühl, Til Schweiger, Mike Myers.
Malditos Bastardos: segundo tráiler en español y posters de personajes
Malditos Bastardos, trailer
Posters: Malditos Bastardos
Taquilla USA: Malditos Bastardos debuta con éxito
¿Debo ir a verla? ★★★★½ Tarantino deslumbra con una obra compleja, desmedida e irrepetible.

La vida como forma de venganza. De esa manera planteó Quentin Tarantino sus dos películas anteriores a esta Malditos Bastardos. Tanto la historia de la novia ensangrentada a la que dio vida Uma Thurman en Kill Bill, como la de las chicas asesinadas por el especialista Mike en Death Proof, eran relatos sobre una venganza obsesiva, violenta y que no conoce la piedad. Sin embargo, aún se le podía dar otra vuelta de tuerca al tema.

Y eso es precisamente lo que hace ahora el realizador con Malditos Bastardos, una película que es una venganza en sí misma, como atestigua metafóricamente el uso del celuloide como explosivo. Principalmente mediante el personaje de Shoshanna (verdadera protagonista de la historia) pero también gracias a los bastardos del título, Tarantino lleva a cabo su acto más violento hasta la fecha, una cinta que es un verdadero tiro en la sien. ¿De quién? De la Historia, deformada como una cabeza golpeada  repetidas veces por un bate de béisbol.

De cara a ese acto final de justica histórica, propio de un director tan caprichoso como fascinante, la película se va desarrollando en cuatro capítulos que parecen no guardar relación, y que cuentan con rasgos estilísticos muy diferenciados. A mí entender los más brillantes son el primero y el cuarto, planificados con un gusto por los detalles casi enfermizo, y que se resuelven en torno a las diferencias de idioma y pronunciación, convirtiéndose la comunicación en uno de los temas principales de la cinta. Recomiendo encarecidamente ver la película en versión original, ya que es la única manera en que tiene sentido (algo similar ocurría en algunos éxitos de los últimos años, como Babel o Vicky Cristina Barcelona).

Tarantino vuelve en Malditos Bastardos a hacer lo que mejor sabe, solo que esta vez lo lleva todo al límite, conduciendo a la película a un territorio cercano a la abstracción. Los diálogos con el cine de todas las épocas y nacionalidades son más constantes que nunca (brillante como introduce la versión británica de Sabotaje, de Hitchcock; bastante facilón el guiño a Centauros del desierto), añadiéndose como novedad el autohomenaje a algunos de sus hallazgos más brillantes (además del juego fetichista con los pies de Diane Kruger, hay un diálogo al final de la secuencia en la taberna muy similar a la escena de Kill Bill Vol. 2 en la que Uma Thurman descubría que estaba embarazada).

Si por algo destaca Malditos Bastardos es por la vida que contiene, por la cantidad de aristas que la construyen. Sin embargo, detesto leer críticias eternas en los blogs sobre cine. Podríamos dedicarle párrafos enteros al concepto de dilatación temporal, llevado aquí más lejos que nunca por Tarantino, que conduce al espectador a un estado de suspense casi insoportable, estirando al máximo los planteamientos de Alfred Hitchcock. También habría que mencionar el redescubrimiento de Brad Pitt como estupendo comediante (ya más que intuido gracias a los Hermanos Coen y su Quemar después de leer), algo ensombrecido por la presencia apabullante de Christoph Waltz, que convierte al Coronel Landa en una de las mejores creaciones de Tarantino. Y no debemos olvidarnos de la siempre llamativa selección musical, más centrada en esta ocasión en las composiciones de Morricone que en el pop convencional (aunque el Putting out the fire de David Bowie hace su aparición en el clímax del último acto).

Podríamos decir muchísimas cosas, pero todas se resumen dándole la vuelta a la última línea de diálogo de la película. ¿Estamos ante la obra maestra de Quentin Tarantino? Probablemente sí. 

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