Crítica: Quemar después de leer (II)

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Título original: Burn After Reading
Título: Quemar después de leer
Dirección: Joel y Ethan Coen
Guión: Joel y Ethan Coen
Reparto: George Clooney, Frances McDormand, John Malkovich, Tilda Swinton, Brad Pitt, Richard Jenkins
Música: Carter Burwell
País: EEUU
Género: Comedia
Estreno en España: 10/10/08
Trailer
¿Debo ir a verla? ★★★★☆ Feroz sátira sobra la estupidez como método de gobierno

En Quemar después de leer el mundo concebido por Los Coen está habitado por unos idiotas cuyo rasgo fundamental es su avaricia más mundana, en este caso, la cirugía para modelar su cuerpo que necesita una personal trainer de nula autoestima.

La sucesión de engaños, traiciones y mentiras que tiene lugar nos devuelve una (falsa) película de espías que incluso recupera el fantasma de la guerra fría y en la que jamás se llega, sin embargo, a mover ni un solo documento clasificado, como mucho las memorias de un ex agente de la inteligencia que poco tienen de secreto de estado. Tampoco la CIA aparece realmente en la historia, más que en los márgenes del relato para borrar los muertos –consecuencias reales de la farsa-, pero también para matizar de que manera Quemar después de leer no es la comedia de un subgénero, la parodia de las claves de acción, sino la reducción minimalista del contexto internacional a los problemas de unos cuantos desgraciados, cuyas preocupaciones, aparentemente triviales, podrían resumir perfectamente el estado de paranoia del escenario mundial, al final todos sospechan de todos y, con razón o sin ella, nunca se equivocan: el reflejo de los conflictos de nuestro mundo, a través de dar un nuevo sentido a los arquetipos que actúan como su espejismo.

Los Coen se benefician de unos actores en estado de gracia, especialmente un Pitt magnífico en cada secuencia. Ellos construyen la perfección de una cinta, a lo que sólo se le echa en falta algo más de delirio, de desmadre. Para Los Coen los grandes conflictos no son tan distintos de la codicia oscura, negra como el carbón y absolutamente mezquina que practican los desgraciados de esta historia, el microcosmos de un gimnasio puede ser, es de hecho, tan limitado como los despachos del Servicio de Inteligencia.

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