Crítica: Semilla de maldad

Titulo: Semilla de maldad
Título original: Szelid Teremtes – A Frankenstein Terv
Director: Kornél Mundruczó
Duración: 105 minutos
Fecha de estreno: 28 de octubre
Intérpretes: Kornél Mundruczó, Rudolf Frecska, Kitty Csikos.
¿Debo ir a verla? ★★★½☆ Desde Hungría, una peculiar revisión de Frankenstein, visualmente poderosa.

Acabo de leer una crítica en una importante revista en la que un colega inicia su texto explicando que vio la película de la que le toca hablar en un festival (esos en los que los cinéfilos asistimos a decenas de proyecciones en unos pocos días) del que han pasado unos meses y que eso evidentemente afecta a su percepción actual, basada en el recuerdo. Me sumo a este punto de partida a la hora de abordar Semilla de maldad, que llega a las carteleras con mucho retraso y sin demasiados anuncios previos. Tuve la oportunidad de verla hace un año en el Festival de Sevilla, donde arrancó un par de premios al jurado al tiempo que generó un aluvión de opiniones contrarias devastadoras, con las que disiento.

Semilla de maldad aterriza con un extraño título español, que obvia del original la referencia a Frankenstein, sin duda el elemento que llamaba más la atención de la película en un primer momento. Además, la alusión al clásico de Mary Shelley no es casual. La cinta es una adaptación enormemente libre (sobre todo en su tramo final) de la historia del científico y su criatura en dos frentes. En la primera parte del film, parece que asistimos a un juego metacinematográfico sobre el trabajo de los directores con los actores y el poder divino que unos tienen sobre otros (el casting es una especie de ceremonia de condena y redención). No en vano, al protagonista, un realizador en busca de un actor, le da vida el propio Kornél Mundruczó, autor de la película.

La aparición de un inquietante personaje, un joven violento y escasamente expresivo, marca la segunda variante Frankenstein del film. Tras una serie de maremotos argumentales (la credibilidad no es el punto fuerte de la historia, aunque no se me antoja una necesidad en este caso), resulta que el adolescente psicópata es en realidad el hijo del director de la película, que lo abandonó cuando era un niño y que empieza a sentirse desbordado por la maldad que contiene la criatura que ha creado. Puro Frankenstein, no me lo podéis negar.

Como buen discípulo, protegido y colega del insigne Béla Tarr (¿atravesará algún día la premiadísima The Turin horse la barrera de los festivales?), Mundruczó ofrece con Semilla de maldad un film de ritmo pausado, estéticamente poderoso (atención a los paisajes nevados) y que no carece precisamente de densidad temática. Sin embargo, ninguna de estas características tiene que ser necesariamente negativa. La película, a pesar de sus peculiaridades, resiste, al menos en mi cabeza, un año y muchísimas películas después, como un ejercicio con cierta brillantez en su inmensa oscuridad.

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