Crítica: Siempre hay tiempo

Siempre hay tiempo

Título: Siempre hay tiempo (AKA Héctor y Bruno)
Director: Ana Rosa Diego
Duración: 90 minutos
Fecha de estreno: 14 de mayo
Intépretes: Txema Blasco, Edu Bulnes, Montserrat Carulla, Sergi Calleja.
Siempre hay tiempo, tráiler
¿Debo ir a verla? ★★½☆☆ Otra que nos dice aquello de que «nunca es tarde para vivir». Y por suerte, lo hace escapando casi completamente del almíbar.

No es Siempre hay tiempo (o Héctor y Bruno, anterior título del proyecto) la primera película que aborda el tema de la tercera edad. En la recta final de la vida, aún hay tiempo para enmendar los errores, autoafirmarse y conocer el amor. Ya Elsa y Fred piso este delicado territorio del melodrama romántico entre ancianos, mientras que la aún no estrenada La vida empieza hoy (de título curiosamente similar al film que hoy nos ocupa) opta por una mayor incorrección al plantear lo saludable que es practicar el sexo, se tenga la edad que se tenga. Mientras, la versión internacional sería Nunca es tarde para enamorarse, aunque a los Dustin Hoffman y Emma Thompson les quedan muchas batallas que dar.

Por su parte, Ana Rosa Diego, una directora joven y debutante en el largometraje, ha tratado de contar la historia de Héctor, desde un escrupuloso respeto, incluso admiración, por los mayores. El recorrido del personaje, un campesino procedente de lo más profundo del País Vasco, que llega hacia una ciudad andaluza donde habita su único hijo, con el que no tiene casi relación, es algo más que un viaje físico. En su camino, el personaje se despojará de su seriedad, de su excesiva rectitud, hasta acabar amando lo imprevisible.

Si tenemos en cuenta el cambio de título, seguramente la película en un principio versaba más sobre la relación de Héctor con su nieto Bruno, un adolescente que sufre de acoso escolar. Sin embargo, y aunque la situación pueda recordarnos a Gran Torino, no se encuentran rastros aquí de su épica, resolviéndose el problema del joven de forma más bien liviana. Por lo demás, Siempre hay tiempo sabe distanciarse en ocasiones de su protagonista (sobre todo en el tramo inicial) y no comete el error de bañarse en almíbar, todo un logro dado la habitual tendencia a la pornografía emocional de las producciones nacionales. Y es que aunque esta no vaya a ser de esas obras que perduran en el recuerdo, al menos hay que agradecerle su honestidad.

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