Crítica: Sin Retorno

Sin Retorno crítica

Título: Sin retorno
Director: Miguel Cohan
Género: drama, thriller
Duración: 105 minutos
Intépretes: Leonardo Sbaraglia, Federico Luppi, Martín Slipak, Barbara Goenaga
Sin retorno, trailer de la ganadora en el Festival de Valladolid
¿Debo ir a verla? ★★★☆☆ Thriller dramático que desgrana bien los efectos de un accidente, aunque carece de fuerza visual.

Sin Retorno traza una panorámica completa de las consecuencias de un accidente de tráfico, tanto en los familiares de las víctimas como en la de los causantes, así como en la del falso culpable que encarna Leonardo Sbaraglia. La cinta de Miguel Cohan, sin rehusar completamente el suspense, prefiere seguir un sendero más dramático y observar las distinas reacciones humanas que se van sucediendo a lo largo de los años.

Cohan no despliega aquí la apasionante puesta en escena de Campanella en El secreto de sus ojos, ni se muestra tan negro, duro y cruel como en la no menos excelente Carancho. Sin retorno obvia los lugares comunes del género criminal y los utiliza como mero desencadenante para un drama familiar muy atento a las consecuencias psicológicas y los comportamientos que provoca a lo largo del tiempo.

Otra cosa es que, como en la memorable película de Pablo Trapero, a la vez se pongan en el disparadero la corrupción del sistema judicial y policial argentino, por no hablar del evidente problema de seguridad vial y responsabilidad social que existe en el país. Al final de Sin Retorno, de nuevo todos son víctimas y todos son culpables.  En Sin Retorno observamos como, poco a poco, el inocente pronto acaba corroído por el odio, el culpable no puede vivir cargando con este hecho a sus espaldas, y la víctima utiliza la justicia con fines egoístas (aunque Federico Luppi resulta el personaje peor definido de la cinta). El drama predomina sobre el thriller pero la cinta muestra claridad de objetivos, prestigiando a través de ello su componente social sin resultar discursiva.

En el apartado negativo, pesa demasiado la falta de garra de la puesta en escena de Miguel Cohan. Pese a que éste nunca pierde el control del relato y se muestra firme y constante al evitar vacíos y sentimentalismos -gracias a un eficiente uso de la elipsis y un guión que centra bien sus miras-, también provoca una cierta falta de intensidad que sí tenían los títulos nombrados más arriba. Esto convierte al filme en algo más anónimo y falto de personalidad de lo deseable, aunque como siempre en el cine argentino, el trabajo actoral compensa bien este inconveniente (hay que destacar la aportación del joven Martín Slipak).

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