Crítica: Super 8

Super 8, de J.J. Abrams

Título: Super 8
Director: J.J. Abrams
Género: ciencia ficción
Duración: 115 minutos
Fecha de estreno: 19 de agosto
Intérpretes: Joel Courtney, Elle Fanning, Kyle Chandler
Super 8, trailer español
Super 8, clips y póster | Trailer: Super 8
¿Debo ir a verla? ★★★★☆ Super 8 es el reencuentro con la magia en el cine.

En ‘E.T.’, el joven Elliot, aún recuperándose de la ruptura del matrimonio de sus padres, acababa mirando al cielo ante la marcha del que se convirtió en un nuevo e inesperado amigo. En ‘Los Goonies’, una pandilla de niños se ve envuelta en una trama de misterio casi sobrenatural en una película que, por cierto, permanece intacta con el paso de los años. Son algunos de los referentes manejados por J.J. Abrams en Super 8, que como se ha dicho hasta la saciedad, es un guiño a ese cine de los ochenta con el que se crió toda una generación.

Una invocación de ese cine de los ochenta en el que la nostalgia, la emoción y el sentimiento primaban sobre los excelentes efectos especiales. Y un guiño tan solo porque es imposible que lo que una vez fue, se pueda producir de igual manera, aunque de alguna forma vuelva. Super 8, película que trata en realidad sobre la pérdida del ser amado y sobre la importancia de su imagen visual -su recuerdo- es el testimonio definitivo de ello, y deja al espectador adulto con una bellísima sensación de insatisfacción, de nostalgia definitiva por la imposibilidad de traer de vuelta, intactas, esas películas que marcaron la confección del gusto cinematográfico de toda una generación –y con ello, de la vida: el cine es un arma poderosa-. Es imposible aprehender las sensaciones cinematográficas del pasado porque el tiempo ha corrido para todos, para el cine y para los espectadores que lo han vivido, pero en Super 8 esa sensación en principio incómoda acaba derivando en un evocador sentimiento de aceptación nostálgica que resulta increíblemente placentero, y en el que la película de J.J. Abrams encuentra todo el sentido de su existencia.

Pese a todo, y también por todo ello, hay que decir que Super 8 no es solo un juguete posmoderno, pese a que su mejor escena, por cierto tremendamente spielbergiana a un nivel formal, es la hilarante preparación del rodaje de los chicos en la estación de tren previa al descarrilamiento: puro cine dentro del cine. La película es una evocación pero también un espectáculo enérgico con vocación de autenticidad, una aventura brillante y eficaz, repleta de nervio, tensión y humor, en la que J.J. Abrams escribe sobre las normas y clichés de la serie B de los cincuenta tanto como sobre el cine familiar de los ochenta, de forma entusiasta y fresca. Utilizando como material el filme que los protagonistas están rodando, algo que proporciona las adecuadas dosis de cine dentro del cine para actualizar el relato, Abrams triunfa al narrar la historia de forma actual, pero a la vez reforzando todo lo necesario el punto de vista semi-infantil  –impresionante Joel Courtney- y retratando con gancho a un grupo de chavales que parecen reales, de carne y hueso –precisamente porque se comportan y hablan como niños-, gracias a las excelentes interpretaciones obtenidas gracias a una no menos excelente dirección de actores.

Aunque el guión de Super 8 carece de la complicada elaboración espacio temporal del autor de Perdidos y Star Trek –es más, probablemente tiene algún agujero que otro en este sentido-, y que Abrams podía haber retrasado más alguna explicación innecesaria que rompe la sensación de misterio generada a raíz del accidente -atención al paralelismo con el desastre que da inicio a ‘Perdidos’-, la película se sostiene como algo nuevo y sólido, sin giros artificiosos que perjudiquen su preciosa sencillez. Abrams se limita aquí a no revelar sus cartas más esotéricas demasiado pronto, y se entretiene graduando la irrupción de lo sobrenatural en lo ordinario con su habitual maestría, explotando el suspense hasta su última gota con elegantes escenas de terror –alguna de ellas recuerda a ‘Tiburón’ y a su anterior ‘Monstruoso’-, y sacándose de la manga secuencias que figurarán entre lo más espectacular del año –el esperadísimo choque de tren, sin duda la escena de destrucción mejor planificada vista en muchísimos meses-.

La película es un placer para la vista en la que Abrams pule un poco más su dinámico estilo visual, rodeado de profesionales enormes como el músico Michael Giacchino, que consigue en algunos momentos sonar como John Williams… sin dejar de ser Michael Giacchino. En suma, Super 8 es un simplemente un espléndido y divertido reencuentro con la magia dentro de una sala de cine, y probablemente la película que mejor explica, por múltiples razones, por qué estoy aquí escribiendo estas líneas…

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