Crítica: Tenemos que hablar de Kevin

We need to talk about Kevin

Título: Tenemos que hablar de Kevin
Título original: We need to tal about Kevin
Director: Lynne Ramsay
Género: drama
Duración: 107 minutos
Fecha de estreno: 16 de marzo
Intérpretes: Tilda Swinton, John C. Reilly, Ezra Miller.
Esto es la guerra, trailer español y póster
¿Debo ir a verla? ★☆☆☆☆ Ramsay aplasta su propio virtuosimo y el de sus actores con un planteamiento argumental repetitivo y exageradamente tortuoso.

Si la caída de las Torres Gemelas es la imagen que más fuertemente ha señalado el estado moral de este siglo, siendo el más demoledor reflejo del vacío, de la ausencia de valores, la masacre que ejecutaron dos adolescentes en abril de 1999 en el instituto Columbine es otro señalador imborrable del en ocasiones aterrador devenir de nuestra especia. En el templo del aprendizaje y el progreso, en el símbolo de un futuro posible, se desplegaba un ritual de muerte difícil de explicar. Con tanta gracia como malas artes, Michael Moore señaló directamente a la sociedad norteamericana y sus leyes sobre armamento como culpables de lo sucedido en Bowling for Columbine. Más mesurado, Gus van Sant planteó una visión trascendental y melancólica de las motivaciones de los asesinos en su film de ensayo Elephant.

Con un montaje que busca el misterio en el desorden y los cebos (algo propio de programas sensacionalistas, y que parece ser muy del gusto del público actual), Lynne Ramsay aporta con Tenemos que hablar de Kevin la visión más explícta de aquel horror, la menos timorata y la única ilícita. En este caso, no existe una explicación racional para que el endemoniado Kevin se disfrace de guerrero y acabe con las vidas de todos los que se cruzan en su camino, más allá de su propia condición. Ni siquiera tiene la excusa materialista del también villano simbólico Anton Chigurh de Cormac McCarthy y los Coen: Kevin simplemente es así.

No pretendo negar la posibilidad de un planteamiento como este para un personaje. Al contrario, en otras formas cinematográficas (el terror es la más obvia) puede funcionar a la perfección. Pero en este caso, estamos ante un producto que no desprende nada más que seriedad y se pretende profundo y artístico. Por tanto, a lo que Ramsay parece apelar como única solución ante la maldad no es solo al cese fulminante de la procreación sino al mismo cierre de las facultades de Educación y Psicología. Ante la imperturbable existencia de alguien nacido para hacer sufrir a los demás (en especial, a la persona que lo engendró), ¿qué sentido tiene la ciencia?

Lo peor de los erróneos supuestos de los que parte Tenemos que hablar de Kevin es que aplastan las posibilidades que se intuyen en la belleza de su trabajo de filmación e iluminación; en el trabajo actoral, con la poderosa presencia de Tilda Swinton como la desquiciada madre que lo pierde todo sin poder explicárselo y en la banda sonora de Jonny Greenwood (miembro de Radiohead), a la que se añaden temas de los Beach Boys o Buddy Holly. Ninguno de ellos tiene la culpa de la abrumadora y repetitiva estructura de la película, que simula a lo Este chico es un demonio la sucesión de cataclismos que provoca el chaval. Sobre todo ello, un error de base: el guion anula cualquier posibilidad de hablar de Kevin.

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