Crítica: The Turin Horse

Bela Tarr - The Turin Horse

Titulo: The Turin Horse
Título original: A Torinói Ló
Director: Béla Tarr
Duración: 145 minutos
Fecha de estreno: 10 de febrero (Madrid: Cines Luchana / Barcelona: Cinemes Girona)
Intérpretes: Erika Bok, Mihály Kormos, Janos Derzsi.
The Turin Horse, tráiler
¿Debo ir a verla? ★★★★½ Apabullante epílogo a la filmografía de Béla Tarr, repleto de rasgos apocalípticos.

Béla Tarr ha anunciado que The Turin Horse será el último largometraje que filme en su vida. Aunque no es una práctica crítica demasiado lícita, no podemos separar esa afirmación del contenido de la propia película. Todo el cine de Tarr, autor de recientes prodigios del blanco y negro como Armonías de Werckmeister o la primera secuencia de El hombre de Londres, está impregnado de un fuerte aroma a decadencia humana, a colapso existencial. Pero parece inevitable que en el epílogo de su filmografía vaya un paso más allá.

The Turin Horse parte de la biografía de Nietzsche. Una voz en off narra sobre negro un evento determinante en los últimos años de la vida del filósofo alemán. En la ciudad de Turín, se cruzó con un caballo que se negaba a tirar del carro de su dueño, que lo maltrataba por su actitud. Parece ser que el atormentado Nietzsche se agarró al animal y cayó en la locura definitivamente, permaneciendo en silencio hasta su muerte. Tras esta introducción, emerge la poderosa imagen, eje sobre el que arranca la película, del esfuerzo y el sufrimiento de aquel caballo, tratando de finalizar su último viaje.

En The Turin Horse, como es habitual en el cine de Tarr, los hechos son en realidad lo de menos. Durante la treintena de planos que componen el film, no suceden demasiados eventos destacables al dueño del caballo o a su hija. La vida transcurre a su plomizo ritmo habitual, mientras en el exterior de la cabaña donde habitan, una desagradable ventisca no para de rugir y levantar desechos. Pero no puede ser ni mucho menos anecdótico este apunte narrativo inicial. El propio caballo parece contagiado por esa actitud indomable y aparentemente ilógica con la que se marchitó Nietzsche. También se podría intuir una analogía entre ese último evento significativo en la existencia del filósofo y la condición de la película de obra definitiva en la carrera del cineasta húngaro.

Sea como fuere, The Turin Horse es una demostración más del extraordinario talento de Tarr, uno de esos directores marcianos de estilo inimitable y radical. En su despedida están presentes esas claves formales a las que venía recurriendo, pero endurecidas por el propio carácter de la obra. La miseria de las vidas que describe en esta ocasión es tan apabullante, que sus virtuosos planos en movimiento carecen de la precisión milimétrica de los de El hombre de Londres; la música es apenas un breve e inquietante leit motiv que se repite hasta el infinito; la progresión dramática, fundamental en Armonías de Werckmeister, aquí es prácticamente intangible; las palabras son pocas, y no necesariamente certeras (cf. las dos irrupciones de personajes externos).

Tarr reduce su película a lo esencial, imágenes de una poderosa fisicidad en la que el protagonismo de la iluminación es absoluto. Al fin y al cabo, eso son las películas, el efecto que la luz ejerce en una materia. Cuando en el desenlace, se niega a los personajes la posibilidad de encender las lámparas, no solo mueren ellos y su mundo, también el propio cine. En realidad, The Turin Horse es algo así como la última película posible. Y eso aterra, pero también resulta liberador. Al menos, afuera ya no hay tormenta de la que resguardarse.

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