Crítica: Un lugar donde quedarse (2011)

Título: Un lugar donde quedarse  
Título original: This Must Be The Place
Director: Paolo Sorrentino
Género: drama
Fecha de estreno: 11 de mayo de 2012
Intérpretes: Sean Penn, Frances McDormand, Harry Dean Stanton
Tráiler español de Un lugar donde quedarse
¿Debo ir a verla? ★★½☆☆ Triunfa en el aspecto visual, aunque fracasa a la hora de provocar verdadera emoción.

Un cantante de rock retirado, un criminal de Auschwitz y un viaje por los Estados Unidos. Estos elementos se combinan de una manera un tanto extraña en Un lugar donde quedarse, la aventura americana de Paolo Sorrentino, director italiano de las prestigiosas Las consecuencias del amor o  Il Divo. El realizador trasalpino da rienda suelta a su gusto por el retrato caricaturesco de personajes y a cierto esteticismo presente en alguna de sus obras previas.

La cinta sigue los pasos de Cheyenne, un cantante norteamericano de rock que vive de las rentas junto a su pareja en Dublín. Su vida da un vuelco cuando recibe la noticia de la muerte de su padre, un hombre que no ha visto en tres décadas. Dispuesto a dar el último adiós a su progenitor, el artista viaja a Estados Unidos. Será entonces cuando se entere que su padre dedicó parte de su vida a encontrar  a su guardián de Auschwitz, que vive en el país de las barras y estrellas. Dispuesto a localizarlo, el vocalista iniciará su búsqueda a través de territorio estadounidense.

Sorrentino presenta esta rocambolesca road movie con un innegable gusto estético. El cineasta italiano acude a lentos y elegantes movimientos de cámara que se recrean en cierta manera en el paisaje estadounidense.

Por otra parte, el realizador nos ofrece un pintoresco retrato de personajes que se mueven en el filo del más absoluto ridículo. La palma se la lleva el protagonista, un hipersensible músico cincuentón que parece estancado en una eterna adolescencia. Sean Penn, encargado de interpretar a Cheyenne, potencia los aspectos más risibles del protagonista y convierte a este personaje de voz débil en un mero payaso. Igualmente inadecuado es el trabajo de Judd Hirsch, excesivamente esperpéntico como cazador de nazis.

El resultado de este desajuste entre un fascinante envoltorio visual y su inadecuado tratamiento dramático es una cinta más curiosa que conseguida.

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