Crítica: Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas

Uncle Boonme recuerda sus vidas pasadas

Título: Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas
Título original: Lung Boonmee raluek chat
Director: Apichatpong Weerasethakul
Duración: 113 minutos
Fecha de estreno: 26 de noviembre
Intérpretes: Thanapat Saysaimar, Jenjira Ponqpas, Sakda Kaewbuadee.
Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas, tráiler español
La Palma de Oro de Cannes se va a Tailandia
¿Debo ir a verla? ★★★★☆ Reformularé la pregunta. ¿Debo ir a ver una película distinta a todas las que he visto antes?

Considero que hay un error de apreciación entre los argumentos que aportan los que han criticado Uncle Boonmee recuerda sus vidas pasadas desde su presentación (y posterior victoria) en el pasado Festival de Cannes. No es esta una película planteada desde los presupuestos más petulantes del film d’auteur, no está construida ni mucho menos desde el intelectualismo más recalcitrante. Más bien al contrario, la mirada de Apichatpong Weerasethakul trabaja desde la inocencia del que se asombra ante un descubrimiento, floreciendo en algunas ocasiones en ella un primitivismo (Primitive es el título de una exposición del realizador) casi tan naíf con una balada pop hortera.

Estas sensaciones chocan con una puesta en escena propia del que domina a la perfección el lenguaje de las imágenes en movimiento, cuya concepción del plano es por momentos preciosista (y preciosa). Es justamente a partir de esta contradicción que el director tailandés levanta un film absolutamente insólito, que requiere de una mirada abierta a una experiencia novedosa, a la vez sencilla y compleja, mística y terrenal, fantasiosa y apegada a lo más terrible de la realidad.

Weerasethakul no parte desde cero en la elaboración de tan elogiable propuesta. En algunas de sus secuencias (como en la de la cena a la que acuden los espectros de los que marcaron la tambaleante vida del protagonista) reconocemos el ritmo ceremonioso y pausado que caracteriza desde hace décadas a gran parte del cine asiático. Y en la irrupción del mono fantasma o en toda la parte que rememora el encuentro sexual de una infeliz princesa con un pez, además de pesar las tradiciones y leyendas locales (aunque es secundario, no se debe subestimar el interés antropológico de un film procedente de un territorio tan desconocido como el interior de Tailandia), también lo hacen las películas de toda procedencia que marcaron al realizador en su juventud.

En este inexpugnable e hipnótico rosario de visiones también hay hueco para la mirada hacia el interior. No en vano, el origen de la historia está en un diálogo de la más asumible Tropical Malady, de la que se recupera también a uno de los personajes. Y aunque el análisis de este objeto extraño y apasionante podría proseguir, más aún tras nuevos visionados y un recorrido más profundo por la obra de Weerasethakul, solo cabe añadir un aviso. En los títulos de crédito iniciales, bajo el nombre de la película, debería haber un cartel indicativo: “Bienvenidos al cine 2.0”.

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