El Americano

Jack es un asesino experto y experimentado. Siempre en alerta, no tiene apego por nada ni por nadie. Un día, una misión va mal y le cuesta la vida de la mujer que ama, acto seguido promete que su próximo contrato será el último. Esta última misión le lleva a un pintoresco pueblo italiano situado en las colinas. Pero para Jack, cada lugar puede ser una trampa y cada persona una amenaza.

Después de Control, el biopic polémico sobre Joy Division en el que contemplábamos las caída cinematográfica de todo un icono como Ian Curtis, Anton Corbijn adopta el mismo sistema anti-glamour y monocorde propio de un falso thriller cargado de trampas de guión que nos lleva literalmente a la deriva. Su protagonista es George Clooney en el papel de un antihéroe. La acción tiene lugar en Italia: en la mente de cualquier aficionado al cine debe verse un parentesco evidente con “Amenaza en la Sombra” de Nicolas Roeg, “Obsesión” de Brian de Palma o el Placer de los Extraños de Paul Schrader, que años antes también se perdieron al borde de la fantasía utilizando el mismo paisaje. De costa a costa, el tiempo parece suspendido, colocando al espectador a ver un no-acontecimiento, centrándose en la coexistencia de las medidas nacionales y la creación de una falsa calma. Lejos de la superioridad de fuegos artificiales prometido, el Americano poco a poco revela su verdadera naturaleza depelícula inclasificable, y por lo tanto destinada a no convencer al gran público. Y esta es a la vez su fuerza y su debilidad.

Lejos de la estética post-Jason Bourne, El americano es más un homenaje a los filmes negros de la 50-60, reviviendo los fantasmas solitarios de Melville (El Samurai) en el universo que Hitchcock creó en Vértigo, donde los sentidos son presos por primera vez. Por lo tanto, el personaje principal sigue siendo el silencio, casi espectral – expresando su cuerpo y la falta de necesidad vital en lugar de palabras. A la luz de este criterio, la trama se ejecuta bajo un programa minimalista, condenando a la historia heroica y romántica de antemano por una extraña impotencia.


La melancolía – no el brillo de la cinta de Antonioni (El Pasajero, 1975) – que emana de los planos y su secuencia parece irremediablemente antes de un encuentro perdido – y por lo tanto imposible que la redención (la habitual historia de amor) llegue en algún momento de la cinta. A ello le tenemos que sumar un suspense vagamente paranoide (a lo largo de la película te llegas a preguntar si la amenaza es real o no).

En ningún momento Corbijn trata de forzar al protagonista a doblar la lógica en nombre de una moral progresiva, plateado y artificial, y lo dejar ir hasta el final de su camino. De repente, la fotografía y el estilo videoclip propios de U2 y Depeche Mode se convierten en una especie de arquitecto ambicioso del tiempo y el espacio. Resumir un sesgo en este enésimo intento de creación sería demasiado pretencioso por mi parte. Pero también podemos tener el placer de aventurarnos en este negocio del cine menos comercial, valiente en un momento en que la normalización extrema en todos los productos que nos llegan de Hollywood vienen empaquetados con una muy mala selección de música y efectos de sonido. Especialmente bajo la égida de Corbjin George Clooney gana en elegancia, tranquilad y clase (si es que esto último era posible mejorarlo).

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