Conversaciones con Dios: “El árbol de la vida”

La nueva y esperadísima película de Terrence Malick viene abalada por haber sido premiada con la Palma de Oro en el Festival de Cannes 2011. Un premio que se erige como el definitivo y perfecto reclamo hacia esta ingente obra de ingeniería cinematográfica que será capaz de arrastrar a más de un espectador, esperando éste encontrarse con una producción impecable, unos actores conocidos y un halo muy new age para tratarse de una producción norteamericana. De hecho, más de uno se sentará en la butaca con la esperanza de dejarse sorprender por uno de los cineastas más misteriosos de las últimas décadas. Y es que no debemos olvidar que estamos ante el quinto largometraje de Malick desde que en 1973 dirigiese Malas Tierras. Desde entonces, Días de cielo, La delgada línea roja, El nuevo mundo y, ahora, El arbol de la vida, completan la filmografía de este creador que nunca se deja ver en público.

Los que se aventuren a enfrentarse a las dos horas y media que dura El árbol de la vida deben estar prevenidos. Malick ha preparado para ellos una sesión que se aleja de los modos de representación tradicionales. De hecho, la película podría entenderse más allá de su argumento o de sus supuestos místicos y ser planteada como una nueva manera de hacer (o de entender) el cine. Y es que, frente a la narración tradicional, el director tejano nos ofrece poesía. De este modo, y ayudado por el virtuosismo técnico de su director de fotografía, Emmanuel Lubezki, el espectador se adentrará en una búsqueda incansable de Dios. Un dios que se encuentra en los orígenes mismos del planeta, en el agua, las dunas, las montañas y los bosques, y nosotros lo comprobaremos en ese virtuoso pero largo principio, cercano al documental. Pero Dios también emana de las pequeñas cosas y está presente en las diferentes etapas de la vida, hasta que perdemos el contacto con él.

El árbol de la vida, con unos actores más que solventes y un montaje cuidado al dedillo, nos cuenta la historia (autobiográfica para Malick) de la familia O’brien. James (Sean Penn), el hijo mayor de los tres hermanos O’brien, deberá enfrentarse a los recuerdos de su infancia para así superar y perdonar la muerte de su hermano a los 19 años. Unos recuerdos que se centran, por encima de todo, en las dos figuras más importantes de su vida: sus padres. La madre (Jessica Chastain) es un ser tocado por la gracia, fuente de ternura y alegría. Por el contrario, el padre (Brad Pitt, actor y productor del film), se muestra autoritario, hosco y parco en emociones. Entre estos dos mundos crecerá James y a ellos deberá enfrentarse para reconciliarse con Dios.

El director de la cinta no escatima en polémica, pues lo que para unos es una expresión espiritual al modo en que ya lo hicieron en su día Ingmar Bergman, Wim Wenders o Carl T. Dreyer; para otros no es más que una expresión manierista y un desmán con pretensiones mesiánicas. Sea como fuere, lo cierto es que, con El arbol de la vida, Terrence Malick se desmarca de sus coetáneos para erigirse como una rara avis entre los directores norteamericanos contemporáneos.

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