Federico Luppi: «La honestidad implica pagar un precio»

  • No existe el actor que piense que él salva una película, es una burrada.
  • Los hombres de mi edad empiezan a tener papeles menos importantes, más secundarios.
  • ¿Sabes qué me parece Clint Eastwood? Me parece un azar biológico
  • Federico Luppi durante la entrevista / Foto: Qdiario

    Una cosa es segura, y es que Federico Luppi no comparte prácticamente ninguna característica con Adalberto Castilla, su personaje en la película Cuestión de Principios (Rodrigo Grande, 2009). Si así fuera, Luppi no habría continuado avanzando en el tiempo, renovándose en cada papel y superando dificultades varias hasta mantenerse como uno de los pocos actores (argentinos, españoles, universales) que aún sigue en activo a la edad de 75 años. No se repara en el actor ese deje conformista tan propio de la edad madura, al contrario, su lengua se vuelve incisiva cuando es el turno de hablar de la actitud acrítica de las clase media o de los gobiernos, doblegados según Luppi ante intereses económicos. Ni siquiera se salva su gremio pues, en un ejercicio de autocrítica, reivindica la necesidad de que los directores sigan dirigiendo a los actores.

    Nacido en Ramallo (Buenos Aires) el 23 de febrero de 1936 y nacionalizado español desde 2003 ante su vergüenza por el corralito que hizo dimitir al presidente De la Rúa, la historia del cine argentino, la vieja y la nueva, no puede ser entendida sin la constante presencia del que es uno de sus imprescindibles. Es, probablemente, ese carácter dual situado entre lo viejo y lo nuevo, la razón por la que la presencia de Federico Luppi se torna tan ambivalente. No estamos ante un mito canónico porque tenemos la suerte de conocerlo en activo. Sin embargo, y definitivamente, no estamos ante un aficionado. Esta suerte de zambullida entre lo clásico y lo moderno se aprecia también al escucharle hablar, cuando la rotundidad de sus sentencias contrasta con el continuo carácter reflexivo de su dicción.

    Así lo sentimos cuando nos encontramos con Luppi en el Hotel Fuster de Barcelona con motivo del estreno español de Cuestión de Principios. Lejos de sentirse influenciado por el ambiente aturullado que suele rodear las promociones, el actor argentino logra que el entorno se adapte a su ritmo personal, imponiendo una cadencia suave a sus respuestas y gestos, obligando al interlocutor a detenerse cuando él lo hace. Asiduo del cine de Adolfo Aristarain (Un lugar en el mundo, Tiempo de revancha), Luppi acogió un notable éxito en nuestro país por su magnífico papel en Martin (Hache). Después vendrían diversas colaboraciones con Guillermo del Toro, con el que ha trabajado en tres ocasiones: Cronos, El Espinazo del Diablo y El Laberinto del Fauno. También ha sido dirigido por los españoles Gerardo Herrero (Que parezca un accidente, 2008) o Miguel Bardem (Incautos, 2003). Él mismo se atrevería a colocarse tras la cámara con Pasos (2004), su (según él fallido) intento de convertirse en director.

    En cine, el glamour y la potencia física son importantes” dice Luppi refiriéndose a su edad, “no se cuentan buenas historias con discapacitados”. Pese a que él mismo afirma que hay muchos papeles que ya no logra asumir, sus espectadores seguirán esperando a que lleguen aquellos que sí puede.

    Su personaje trabaja en una empresa donde los jóvenes han tomado el relevo. Usted, supongo, no siente reparos en trabajar junto a las nuevas generaciones.
    En mi caso particular, trabajar con la gente joven ni sí ni no. Eso redunda en beneficio de la propia película, no solamente de mí y no por una cuestión de juventud. La generación de gente que se dedica al cine hoy tiene un bagaje técnico, creativo, bastante más amplio que el de hace veinte años. Fácilmente. Hoy, trabajar con directores jóvenes casi te diría que es un increíble handicap porque no tienen preconceptos ni prejuicios, no vienen atados a fórmulas anteriores, no tienen una pose que soportar en sus hombros ¿sabes? Es bastante atractivo. Hasta ahora, mi experiencia ha sido que he tenido siempre la suerte de hacer buenos trabajos y buenas películas. Y ellos vienen con un mundo interior mucho más largo, mucho más expansivo, con menos ataduras. Rodrigo es maravilloso.

    Dice que se entusiasmó con el guión nada más recibirlo ¿Se decidió solo con saber que era Rodrigo Grande quien dirigía la película?
    Eso fue curioso. Al saber que era Rodrigo supe que seguramente diría que sí, porque además sé que tiene buen ojo para los guiones y es un director que me gusta mucho. Creo que va a hacer una buena carrera como director. Yo conocía el cuento de Fontanarrosa de antes, y él le dio un carácter de cine bastante más profundo, menos literario. Recreó situaciones, pequeños detalles… Es un guión que su lectura misma es buena. Lo que me gustó era que en lugar de meterse en temas de sociología, con un fondo de principios, de ética y moral (que hubiera sido seguramente un tostón solemne) utiliza el lado de la comedia, que siempre da un carácter bastante más libre. Además, no podía ser Castilla un redomado gilipollas y tampoco un cínico. Había que meter un equilibrio entre lo que decía y lo que hacía.

    El final de un mito

    Una historia del dibujante Roberto Fontanarrosa inspiró el guión de la segunda película de Rodrigo Grande, protagonizada por una triada excelente encabezada por el propio Federico Luppi y seguida de cerca por Norma Aleandro y un poderoso Pablo Echarri. Como es común en el universo Fontanarrosa, Cuestión de Principios está poblada de gente sencilla y humilde que debe convivir con los males de una sociedad cambiante y cada vez más cínica.

    Así es precisamente como se siente el protagonista, Adalberto Castilla. Anclado en una nostalgia enfermiza por el tiempo pretérito que le impide avanzar, su voluntad inmovilista “tan propia de la clase media” según palabras de Luppi, será puesta a prueba cuando el nuevo jefe, un yuppie interpretado por Echarri, le ofrezca una suma millonaria a cambio de una vieja revista española que Castilla guarda con reverencia. ¿Todo tiene un precio? ¿Cuánto valen los recuerdos? ¿Qué significa tener principios?

    Rodrigo Grande, su director, rueda Cuestión de Principios sin esconder el fuerte sustrato clásico que la mantiene. Desde Billy Wilder hasta Marco Ferreri, el personaje de Castilla es ese viejo perdedor que arrastra consigo el peso de una época pasada que siempre (siempre) fue mejor. Lo curioso del film es, sin embargo, que bajo la túnica de ese galán de otro tiempo, guardián de los buenos sentimientos, se esconde un ser humano que nada tiene de atractivo. Finalmente, no hay lugar para la nostalgia porque los códigos han cambiado y el mito clásico ya no tiene cabida en el siglo XXI.

    ¿Qué es lo que prefiere, la comedia o el drama?
    Mira, curiosamente a mí la comedia me gusta mucho. Probé algunas cosas en el teatro y he de decir que en comedia me ha ido muy bien. El mercado siempre gusta de que se digan esas cosas, de la tipología, de si andas metido en un personaje o en otro… La comedia es fantástica, me gusta mucho. Y me gusta mucho ver comedia bien hecha.

    Dicen que es más difícil hacer comedia que drama.
    Es difícil, es difícil. Pero es hermoso, y si sale bien, mejor.

    Después de Pasos ¿no piensa volver a dirigir?
    No. Fue una película que no anduvo bien, en términos de público fue un fracaso. Y un fracaso en el primer film implica que el segundo te va a costar sangre y lágrimas. Realmente, porque yo filmé con muchas ganas e hice cosas buenas, otras no. El día a día de la filmación lo llevé muy bien, aprendí cosas muy buenas. También resolví cosas complejas muy bien porque tenía ganas. Me hubiera gustado seguir, me veía además como director. Pero la realidad fue otra… Estando ahí, detrás de la cámara, entendí esa suerte de adicción del director por hacer cine.

    ¿Cómo fue trabajar con Norma Aleandro después de tanto tiempo?
    Ya hacía un tiempo, sí. Norma es como una especie de parienta lejana, no sé cómo decirte. Ya tenemos tanto conocimiento mutuo que trabajar juntos es transitar rápidamente un mismo código. Ella tiene una cosa muy proteica, muy cambiante como actriz. Y refresca mucho, y aporta, y da una sensación de verdad muy atractiva. Allí es casi una ayuda. No te toca siempre eso, pero bueno.

    Cuenta Rodrigo Grande, el director, que durante el rodaje os dejó muy libres, tanto a ti como a Norma Aleandro y Pablo Echarri ¿Crees que el actor necesita siempre de alguien que le dirija?
    Sí. El actor necesita inequívocamente ser dirigido. El actor que dice “yo me las apaño solo” es una mentira piadosa, no sirve para nada. El actor necesita ser dirigido tenga el equilibrio que tenga. Hay un hecho físico irreparable, y es que tú no te ves. Tú sientes, miras, caminas, actúas, hablas, conectas o no conectas… Pero la visión de aquel que debe seleccionar, sacar y poner, eso es el director. Y el director tiene su metodología y él sabe por qué tiene tales cosas, es un director sensible y con herramientas. Frente a una escena que ha salido más o menos bien él dice “repitamos” y tú le preguntas “¿por qué?”, «pues porque en esta parte de aquí ‘esto’ no lo hagas». Si el resto está bien, hacer eso ya implica una selección. Y es una tarea necesaria. El actor no se ve, no existe el actor que piense que él salva una película. Es una burrada eso.

    Hablando de tu personaje en Cuestión de Principios, Castilla ¿Por qué crees que es un personaje tan inmovilista?
    Castilla es un tipo que uno conoce todos los días. Es el típico representante de la clase media, es un hombre que vive de mandatos paternos seguramente, prejuiciosos e inflexibles. Tiene siempre una incapacidad para permitirse los deseos y expresarlos, una incapacidad para encauzar la vida cotidiana. No ha pedido nunca un préstamo, por ejemplo. Mirar a la chica de la oficina le crea problemas inconcebibles, casi se enferma porque a la mujer la mandan a trabajar con él. Está muy constreñido por una cantidad enorme de comportamientos de ‘esa’ clase media. Una clase media que no promueve cambios, que no se los permite. Que es acrítica, en la medida que no critica, que no puede ver el mundo con sus ojos. Sigue siempre a través de la televisión, la radio, el magazín, las tertulias, tal periódico. Nunca expresa una opinión propia sobre el mundo, nunca tiene una visión superadora de lo que esta viviendo. Por eso es una clase que, en general, es muy susceptible de ser captada por extremos, el derecho y el izquierdo. Castilla es eso, es un hombre que está permanentemente justificando la inmovilidad.

    En la película provoca risa, pero en la realidad supongo que da un poco de miedo.
    Claro, ese es el tema. Yo creo que es un personaje que es muy reconocible. Además, él tiene un discurso que es muy de la clase media también. Un discurso que es, por ejemplo, criticar a la hija de la vecina del piso séptimo porque la chica tiene varios novios. Pero si su hija hiciera lo mismo, lo acallaría. Sabes, es la historia de la paja en el ojo ajeno.

    Un clásico aún en activo / Foto: Qdiario

    El director, Rodrigo, dice que tras rodar la película se convenció de que todos tenemos un precio ¿Le ha pasado lo mismo?
    No, uno sabe aproximadamente que eso es verdad, que todo tiene un precio. Todo. Me parece que la pregunta de fondo es: es verdad, todo tiene un precio pero ¿quién está dispuesto a aceptarlo? Alguien puede comprar, la pregunta es si se dice sí o no. Ese es el tema, el pecado y el pecador. En el mundo actual el tema del precio no se discute: todo se compra y todo se vende. Hay gente que se resiste a eso, que solventa ese tema, pero que  paga un precio también. La honestidad en sí misma implica hoy en día pagar un precio. Se ve mucho en política, todo está determinado por oportunismos y coyunturas bastante cerradas. Con las finanzas y el mercado en la vida cotidiana, es muy difícil ser indemne al dinero.

    Bajo esta premisa también sabemos que nos venden guerras porque sale rentable. Vamos a destruir Afganistán porque vamos a construirlo. Todos tenemos que tener nuestros límites y el de Castilla, en algún punto, tampoco era tan descabellado.
    Sí, pero fíjate en la proporción, por ejemplo. En el tema de la guerra de Irak, en cada ciudad española se juntaron millones de personas. En cada ciudad de España. Yo puedo decir sin exagerar que se movilizó todo el país en contra de eso. Sin embargo el hombrecito y sus amigos… O sea, ¿en qué se vivió la masividad negativa de esa guerra? Eso indica que a veces los mecanismos democráticos fallan, seguramente porque el poder es otra cosa, y ahí se vio clarito. En ese momento el pueblo de España pagó un precio, pese a una protesta cuya masividad aseguraba la paz. Y parece que suerte de la decisión no tiene que ver con el número, tiene que ver con los intereses… perversos.

    En la película también se habla mucho de principios ¿Qué significa tener principios hoy en día? ¿Es fiel Castilla a los suyos?
    A mí me parece que Castilla lo que hace es un poquitín taimado porque en el momento en que rompe el talón (a mí me servía verlo así, pero puede que sea diferente), no lo hace por una profunda convicción ética. Yo creo que es porque le están mirando. Y esa actuación también le cuesta bastante cara porque se da cuenta de que no se respetó a sí mismo. Igual el hecho de romper un talón de cinco o seis mil dólares indica un cierto deje de valentía. A partir de ahí él recupera un poco cosas como el amigo, el barquito. Ahí empieza a ver que es posible una vida mejor sin ser tan bendite. Pero a mí me gusta esa contradicción, yo creo que es importante.

    El reencuentro cinematográfico de Norma Aleandro y Federico Luppi.

    Después de cincuenta años de cine ¿Hay algún papel que te hubiera gustado hacer y que aún no has podido?
    Sí, muchísimos. Muchísimos que me han dicho pero luego no me han llamado. Algunos que no podría hacer por razones de talento y otros que dependen de un montón de cosas: de la economía, las finanzas, el momento… Pero hay muchos aún por hacer, por suerte. En cine menos, porque los hombres de mi edad empiezan a tener papeles menos importantes, más secundarios, más terciarios, más episódicos. En el teatro, una mujer de 40 años puede hacer de Ofelia. En cine, el glamour y la potencia física son importantes. No se cuentan buenas historias con discapacitados. Se puede hacer una historia, pero es muy difícil. Yo les contaba a una gente que, a veces, te mandan un guión donde dice, “se cuelga del segundo piso, cae encima de un caballo, cae al suelo y se empapa, recibe un pelotazo en la cabeza, se lía a hostias con cinco o seis personas…” Y yo digo, «ay por favor»… Me viene el cansancio.

    Clint Eastwood tiene 80 años y sigue…
    Si pero ¿sabes qué me parece Eastwood? Me parece un azar biológico ¿Cuántos hay como él? Porque, además, no es solo físicamente. Fíjate, yo le decía a él, “desde esas películas casi de color fascista como era Harry el Sucio, a convertirte en un ser sensible”. La evolución ha sido maravillosa, ha sido cada vez mejor, más… No conozco a nadie que haya hecho un desarrollo tan potente y tan estéticamente imposible. Es un talento, evidentemente.

    ¿Algún director con el que no ha trabajado aún y por el que siente debilidad?
    También hay muchos, muchos… ¿Qué te parece un día alguna cosa para Scorsese?

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