Festival de Sevilla 2009. Día 6: Pantallas apagadas y chicas guapas

Transmission, de Roland Vranik

¿Que pasaría si todas las pantallas se apagasen? ¿Si no hubiera televisión, ni cine, ni Internet? ¿Si no tuviéramos Facebook, ni Lost, ni Tiburón, ni La dolce vita? ¿Conoceríamos entonces lor programas del corazón, las series españolas, el infotainment? Suena a la vez duro y reconfortante.

Pues bien, con ese original punto de partida se presentó ayer a concurso la húngara Transmission, de Roland Vranik, que ayudó en la dirección al prestigioso Bela Tarr en Armonía de Werckmeister. La película parte de ese apagón y nos presenta un mundo ilocalizado (podría ser cualquier parte) y apocalíptico, en el que la mayoría de personas malviven con síndrome de abstinencia, esperando que vuelva a encenderse esa pantalla que miraban, y gracias a la cuál se olvidaban de todo, se quedaban dormidos, se distraían,etc. A través de una familia de tres hermanos, asistimos a una especie de descomposición de la raza humana.

Transmission es hasta ahora la película más original, sugerente, arriesgada y crítica que se ha podido ver en el concurso. No por eso tiene que ser la mejor, pero merecen mi respeto la cuidada elaboración de la puesta en escena y el plano sonoro, gracias a los cuales el director consigue una estupenda descripción de ambientes. De hecho, es esa mirada a un insólito mundo lo que domina, por encima de cualquier atisbo de línea argumental.

Quisiera dedicarle un párrafo a lo sucedido durante la proyección. La organización del festival había decidido llevar al pase a estudiantes de instituto, mezclándolos con la prensa, lo cual no me pareció una idea especialmente inspirada (aunque la Disney hizo lo mismo hace poco con Cuento de Navidad, y encima con niños pequeños). Luego hubo pitos al finalizar la película, lo que es una falta de respeto hacia personas a las que seguro que esto les llevó bastantes horas de trabajo (creo que el silencio es lo suficientemente elocuente si no te gusta algo). Hoy, los medios tachan a Transmission de pedante, pretenciosa y poco menos que de cáncer del festival, además de preguntarse por los motivos que nos llevaron a algunos a aplaudir. Yo no sé otros, yo lo hice porque me gustó la película.

Justo lo contrario ocurrió con la francesa Partir, una medianía que fue recibida con una ovación, y que se estrena mañana en toda España. La película de la directora Catherine Corsini (recordemos que este año más de la mitad del concurso está en manos femeninas), cuenta la historia de una mujer burguesa, esposa de un doctor, que recibe a un obrero español para que le haga unas reformas en su casa. Lo que más bien acaba trastocando el hombre es la vida entera de la señora, que se enamora perdidamente de él, de modo que renuncia absolutamente a todo. En medio del asunto se encuentra el doctor, un tipo posesivo y con influencias.

Partir pierde toda su fuerza en su segunda mitad, justo cuando más quiere llamar la atención. Lo que hasta entonces había sido un sencillo melodrama sobre una infidelidad que no iba a pasar la historia, de repente adquiere elementos de crítica social y hasta de thriller, dejándose la credibilidad por el camino. Si hay algo que se debe destacar es la capacidad interpretativa de Kristin Scott Thomas, cuyos gestos describen a la perfección los sentimientos de Suzanne. El momento en que se da cuenta de que se ha enamorado del personaje de Sergi López es uno de los más destacados del trabajo de la actriz, muy bella en su madurez.

También hay chicas guapas en la noruego-andaluza La joven de las naranjas (Sección Oficial) y en la portuguesa Singularidades de una chica rubia (Sección Euroimages). En ambos films, un chico se enamora irracionalmente de una joven por el mero poder de su presencia. También son dos películas cortas (de poco más de una hora) y con saltos temporales que explican un pasado más reciente o más lejano desde el presente. En forma y resultado final, eso sí, son bastante diferentes.

La joven de las naranjas, dirigida por Eva Dahr según el cuento del escritor Jostein Gaarder (que estuvo el otro día por aquí, y confesó que el film era solamente bueno), parte de unas cartas que escribió un padre a su hijo, y que la madre le da a este diez años después del fallecimiento de su progenitor. En ellas se relata una tierna historia de amor del pasado, que puede ahora repetirse en la vida del propio chico.

La hermosa presencia de la joven Annie Nygaard no arregla los muchos errores de La joven de las naranjas. Uno de ellos ha sido el tratar de trasladar a la pantalla las habituales reflexiones metafísicas y filosóficas de Gaarder. Son claramente momentos metidos con calzador y que chirrían. También hay una cierta tendencia al almíbar, especialmente en esos minutos de película que transcurren en Sevilla (carcajada del respetable cuando los novios se pasean… por el albero de la Maestranza), y encima los que hayan pagado por verla se sentirán estafados con su corta duración.

Más breve aún, pero bastante más interesante, es Singularidades de una chica rubia, la última película del maestro Manoel de Oliveira, ese hombre centenario que llegó a hacer cine en su época muda. La cinta se sosteine solamente con la primera y la última imagen de la actriz Catarina Wallenstein, suficientes para explicar el escaso nudo argumental, centrado en la decepción amorosa. Simbolista, espiritual y deudor del trabajo de cineastas como Rohmer o Antonioni, Oliveira resuelve su película fugazmente, dejando al espectador noqueado. Debo reconocer que tendré que darle una segunda oportunidad a esta chica rubia, ya que cuando uno ha visto cuatro películas en unas pocas horas, la última no la aprecia como le gustaría.

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