Ghost Train

No cabe duda de que el cine de terror asiático, particularmente el proveniente del Japón y Corea del Sur, está viviendo una ya dilatada época de bonanza desde el estreno de The ring: el círculo, filme que dirigió Hideo Nakata en 1998 y que obtuvo una repercusión internacional tan importante como inesperada. Desde entonces, y ya han pasado diez años, las películas asiáticas de horror son objeto de continuos remakes norteamericanos, como el reciente The eye (Visiones), y encuentran unas facilidades de distribución en los países occidentales que nadie era capaz de imaginar hace sólo algunos años.
 
Ghost train (Otoshimono, 2006) es uno de los últimos ejemplos de esa forma oriental de concebir el horror que sigue despertando un gran interés en el público de occidente, aunque algunos aficionados ya empiezan a encontrar cansina la recurrencia de ciertos temas, como esa fantasmagoría femenina que no descubrió ni mucho menos Ringu y que hunde sus raíces en el folclore y la literatura del Japón más antiguo.
 
La segunda y hasta la fecha última película de Takeshi Furusawa, quien asistió a Kiyoshi Kurosawa en la dirección de Kairo (internacionalmente conocida como Pulse y también con remake americano), no deja de ser la enésima historia de fantasmas con pelo lacio y largo, de apariciones espectrales en torno a un lugar maldito y, en definitiva, de muertos que no descansan en paz. Pero no por ello carece de algunos alicientes que la convierten en un producto moderadamente interesante para el aficionado al cine de terror.

 

El lugar sobre el que pesa una maldición que sólo el final desvelará (dejando algunos interrogantes en el aire) es una línea ferroviaria metropolitana, en la que se han producido varias desapariciones relacionadas con la presencia de una misteriosa mujer. La última en desaparecer es una niña llamada Noriko, cuyo paradero intentará descubrir su hermana mayor, Nana, con la ayuda de un conductor de tren que ha sido trasladado al departamento de objetos perdidos por sufrir extrañas visiones durante los trayectos. El dúo protagonista se complementa con otros dos personajes femeninos de cierta relevancia: una compañera de clase de Nana, envuelta en la maldición por culpa de una pulsera que su novio encontró en el tren, y la madre de otro niño desaparecido, conocedora de ciertas claves para resolver el misterio.
 
Si bien en conjunto Ghost train no pasa de ser un filme correcto, hay que reconocerle la virtud de saber aprovechar las posibilidades del escenario principal de la acción, formado por estaciones de metro y kilómetros de vías que se adentran en la oscuridad de lóbregos túneles, para recrear una atmósfera sórdida e inquietante que facilita la implicación del espectador en la trama. Una trama que se desarrolla con el ritmo pausado y austero de las producciones japonesas, sólo alterado por los inevitables “sustos” (unos más logrados que otros), hasta llegar a un clímax de vagas reminiscencias lovecraftianas y no carente de emoción.
 
Nada extraordinario a estas alturas, pero suficiente para merecer un visionado.

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